jueves, 1 de octubre de 2015

El puñal

Soy el puñal más filoso.
Soy tus dudas.
Soy la noche durante el día.
Soy ese bar.
Soy sus tetas apoyadas en tu espalda.
Soy el brazo que te protegía.
Soy la luna.
Soy el perfume.
Soy el cigarro apagado en la maceta.
Soy la calle que no pisás más.
Soy el brillo de los ojos que una señora cerró para siempre.
Soy las últimas palabras.
Soy una foto.
Soy el viento de mar que la despeinaba y la resplandecía.
Soy el frío de las sábanas.
Soy el cajón.
Soy las piernas más lindas.
Soy las lágrimas.
Soy los gritos que tragaste.
Soy la copa rota en la cama.
Soy la compañía que ya no está.
Soy el noveno piso.
Soy el atardecer.
Soy el árbol de nísperos.
Soy el muelle en el Paraná.
Soy el hombro que te sostuvo la cabeza.
Soy el insomnio.
Soy el calor que te falta.
Soy el hielo que te sobra.
Soy el color infinito de esos ojos.
Soy las brasas que no se van a prender.
Soy tres Negronis.
Soy tus planteos.
Soy la canción.
Soy la mano que recorría tu barba.
Soy el dolor.
Soy el futuro que no va a llegar.
Soy eso que no tenés que hacer.
Soy el que viene y no se va.
Soy esa vez que no se te paró y no sabías dónde meterte.
Soy tus orgasmos fingidos.
Soy el mentirse a uno mismo.
Soy el otoño en Mar del Plata.
Soy los planes inconclusos.
Soy los sueños muertos enterrados en la almohada.
Soy las discusiones.
Soy el vino que dejamos por la mitad.
Soy el deseo.
Soy los colmillos que se te clavaron en la piel.
Soy esa noche que se quedaron dormidos de tanto coger.
Soy esa noche que se hicieron los dormidos para no coger.
Soy el apretar los dientes y seguir.
Soy la sonrisa mal actuada.
Soy la soledad.
Soy lo indigno.
Soy el principio y el final.
Soy la primera conversación.
Soy el puñal y no me voy a ir de tu pecho ni de tus sienes.
Soy lo peor.
Soy el miedo al olvido.


Soy tus recuerdos.

jueves, 9 de julio de 2015

Explicaciones

               Tiene un Spritz recién servido. Prefiere agarrarme la pierna. Me toca el brazo. Me mira el inconsciente y me lee. O eso intenta. El sillón de cuero del bar le da un toque de escena porno elegante al momento. Dejo la copa de Side Car de lado y prefiero matar la sed con su boca. Un beso certero, con una lengua lenta. Se puede cocinar una vaca entera con sólo ponerla cerca nuestro.

                Termino mi trago, ella no. Quiere fumar. Le sugiero que nos vayamos. Pasar la mano por sus tetas a la vista de todos, nos condicionó las ganas y ya no podemos pensar con claridad.

                Nos subimos a un taxi.

                Pocas veces en mi vida vi un cuerpo con tanto carácter como el de ella. Una bailarina neoyorquina de los 60. Curvas en cada centímetro de su pálida piel. Hay futuro en sus ojos achinados. Pero siendo respetuoso de mi terquedad, vivo el presente de sus tetas. Gran presente.

                Apenas entramos a su departamento tuvimos que hacer una parada en el sillón. Parada en todo sentido. Nuestra ropa alfombra todo el living. Corro su pelo, miro su nuca, le muerdo el hombro derecho y con nuestras cuatro rodillas apoyadas en el futón, empezamos a coger como si llevásemos años de abstinencia.

                Su culo chocando en mi pelvis no me deja pensar en otra cosa más que en evitar morirme de excitación.

                Cuando el calor es más alto que la concentración, el final es rápido.

                Me lleva de la mano a dar un paseo por el paisaje altanero de su cama. Mezcla su color con las sábanas y toda su temperatura con las frazadas. Me concede un descanso de dos sorbos de agua y un par de chistes malos, de esos que sólo te hacen reír cuando el placer te obliga a pensar como un tarado y no podés borrar esa sonrisa adolescente.

                La ayuda nunca viene mal y ella es buena colaboradora. Vuela mi bóxer y me da una mano. Una mano que con velocidad se convierte en una boca. Su lengua baila. No entra nada a mis pulmones, tengo un grito atravesado. De alguna manera, giro su cuerpo y me pongo arriba suyo. La oscuridad no deja que nos veamos. Nos respiramos y nos sentimos.

                Nos cogemos.

                Sus piernas se abren con la misma facilidad que el viento rompe una nube. Paso la mano por su espalda y subo por su cabeza. Clavo los dientes en su oreja, me enredo en su brilloso pelo castaño y le hago sentir mi agitación. Suelta un gemido en cada roce, en cada golpe dentro de ella.

                Cierro el puño y me clavo las uñas en la palma. Una contractura diabólica me acuchilla el cuello. No voy a frenar un segundo. Voy a seguir hasta que me explote el corazón.

                Se percibe el enojo de los vecinos despertándose por los gritos que esboza.


               La cama tiembla. Mis pies también.

                Me pide que siga. La sangre en sus venas empieza a burbujear. Estira las piernas. Ya no son gritos, son alaridos. Siento sus tetas contra mí, su boca en el cuello y la pija a punto de reventar bien adentro.

                Sus piernas se tensan y su pecho se infla. Retiene el aire. Un pequeño espasmo viaja desde sus dedos hasta su alma.

                Cuando Dios inventó el orgasmo femenino, estaba muy enojado con el hombre. Es la única explicación que le encuentro a tanta complejidad. Sepan disculpar.

                Sin acabar y con un cuarto de mi estado físico, me doy cuenta que no quiero parar. La poca energía me pasa bastante factura y me invita a retirarme de donde estoy. Lo de respetar mi terquedad es en serio, así que decido quedarme un rato más.

                Confío en mí.

                Mentira.

                La abro todavía más. Envuelvo sus muslos con mis brazos y agarro fuerte su orto. Me muevo torpe y brusco. Parezco un animal imbécil. Me despego un poco, le doy distancia a nuestras cinturas. Ella desespera y me motiva.

                Vuelvo a ponerme en condiciones.

                Sube las piernas a mis hombros. Me tira del pelo y me lleva a sus tetas. Un oasis de piel y carne. Estoy perdido, cogiendo sin parar.

                Empiezo a dudar si algún vecino no llamará a la policía, pensando que alguien está siendo asesinado. Estos gritos ya no son normales. Pero, puta madre, cada sonido que sale de su boca me calienta todavía más.

                Sus gemelos me aprietan el cuello y su concha hace lo mismo con mi verga.

                Un gemido sin voz se escapa y anuncia otro orgasmo.

                Necesito acabar.

                "Quiero que me llenes de leche”, pide.

                Ay.

                Con más fuerza, más velocidad y mayor impericia busco algo que me doy cuenta que no va a llegar. Pero no me importa. No voy a repetir de vuelta lo de la terquedad, creo que ya les quedó claro.

                Tengo las piernas coqueteando con los calambres y me duelen los abdominales. Mi cuerpo está al borde de una implosión. Estoy perdiendo sentido común.

                Dejamos de lado lo sexual. Esto es salvaje.

                Me derrumbo. No doy más. Caigo en el colchón. No podemos hablar.

                Hay clima de satisfacción y conformidad. No hay palabras. No salen. Me da agua. No puedo ni agradecerle. Pensando un segundo en frío, tengo miedo de que se crea que este nivel de canibalismo puede ser moneda corriente. Ojalá nunca me lo pregunte, porque no tengo idea cómo pasó.

                Unos besos después, nos quedamos dormidos.

                Nos despertamos en la misma posición en la que cerramos los ojos. La luz es insoportable. No hace frío, ella es una hoguera. Actúa como si no le temiese a mis fantasmas, ignora las tormentas que me persiguen y esquiva las ríos de lava que bajan por mi mente hasta mis uñas.

                Sin reírse, busca el filo del hacha y desafía al verdugo. A pesar de tenerle miedo, no abandona su fidelidad y sabe que va a ganar. Siempre gana. Encuentra su premio en cada agujero, no le interesa seguir a ningún conejo blanco. Ella es su propio camino.

                Y  me encanta.

                “¿Estás seguro de que la pasaste bien anoche?”, me pregunta y me violenta.

                Me río. La miro con una sonrisa espantosa.

                “¿En serio preguntás? ¿Sabés cuál es tu problema? Que necesitás explicaciones”, le respondo.

                Cambia su expresión de intriga por una de aberración. Gira para el otro lado y se ofende un ratito.

                El sol entra por la ventana y es cada vez más insoportable.

               Nadie quiere explicaciones. Pero ella quiere lo que nadie. A mí.

viernes, 26 de junio de 2015

Una razón

            Alejado de las cuerdas, con la guardia por el piso, pero un Negroni bien arriba. La mesa de un bar enemigo, rodeado de dientes carnavalescos y pelos a media tintura.

            El rojo es fuego.

            Él la toma de la mano y ella le pide un trago más. Obediente como un lazarillo, se aproxima a la barra y compra alguna mariconada frutal. Pocas mentiras tan grandes como la de que no hay nada más lindo que la sonrisa de una mujer. Ella ni se molesta en fingir, sólo agradece y sigue con su celular y espera al que le ladra y la muerde.

            Soy hombre: nunca supe distinguir los colores. Aunque pude descubrir el de tus ojos, el color infinito e irrepetible que envidian los mares de cualquier isla perdida.

            Acá no hay de esos. Nunca supe de dónde los sacaste.

            No uso guantes. Me protejo las manos con el vaso. Lejos estoy de intentar tirar una trompada, así que poco me preocupan mis nudillos. Se me descascaran los dedos y sólo recibo los golpes que me tira el cofre mágico de la memoria. El sabor amargo hace juego con mis pasos y lo fuerte es para recordar lo invencible que fui antes de empujar mi moral desde un noveno piso. O dejarla ahí tirada.

            El ambiente es obtuso. Escasa luz. Mucho espacio. Poca gente, pero bastante borracha e irritante. Para donde mire, una carcajada de champagne y perfumes de happy hour. Prendo un cigarro con la ceniza del que estoy fumando. Sigo mirando el escenario agreste.

            Me falta algo. ¿Qué me olvidé en la casa de esta mina? ¡La tarjeta! ¡La puta madre! No, acá está. Busco entre mis bolsillos. Llaves, tarjetas, encendedor, SUBE, pastillas, cigarros. Tengo todo. No sé.

            Pido otro Negroni, porque no está haciendo efecto. Me lo traen. Sé que me falta algo. Pienso en mañana, no tengo que hacer nada. Termino el trago. Me quiero ir. Este lugar es una poronga y a mí me falta algo y no sé qué mierda es.

            Me sobran tres enojos y dos mujeres. Hay más de un capricho y abundan las lunas. Exagero en principios.

¿Me falta algo?

El viento, único amigo, me obliga a subirme el cierre de la campera. Me pongo la capucha y camino. El frío me cuenta un par de secretos que ya sabía, no los recordaba porque hacía mucho que no nos veíamos. Cuando el invierno es crudo, hay que cambiar el pelaje y camuflarse.

Sobrevivir sin tirar un golpe.

Ya no sé si estoy llegando tarde o si sólo pierdo el tiempo. Sé que es arriesgado caminar solo a esta altura de la noche, de este lado del mundo y con tanto calor detrás de esta montaña que soy yo. El limite bien definido de lo bueno y lo malo, sin poder distinguir cuál es el menos peor para este arlequín del que me disfrazo todos los días. No sé qué va a pasar mañana, pero daría la vida por saberlo. Daría litros de mi sangre verde para saber qué gusto tiene tu boca después de hundirte en una locura de ojos bicolores y amor por las sonrisas inconexas. Me gustaría descubrir si esta autopista sin inaugurar lleva al Times Square y si llegaré sano y salvo, con todas las extremidades en su lugar.

Sin darme cuenta, estoy en el ascensor, subiendo al departamento. Me miro en el espejo. Veo otra vez a este zorro de dos patas, con la sonrisa maquiavélica, sin la culpa de mentirle a Dios y creyéndose más vivo que el Diablo. Me veo cavando mi propio refugio, que será la tumba cuando todo se derrumbe y no tenga más aire. Y la sonrisa de colmillos perfectos no se borra, aún sabiendo que este imperio ficticio se va a caer con la misma facilidad que cree fluir.

Tengo ojeras de la semana pasada, combinando con un insomnio de recién separado. Después de dos días, la cama sigue caliente. La almohada tiene el olor a humo que le dejan mis sueños. Sueños sin miradas, sin ojos. No valen la pena.

Me falta algo.


Me falta tener razón.

sábado, 13 de junio de 2015

La sorpresa

            Me mira. No sonríe. Está transpirada, pero muy seria. Creo que hoy no cumplí las expectativas. No sería raro, para qué mentirnos.

            El zorro duerme al lado de mis zapatillas.

            Sonríe y se le iluminan las tetas.

            Contando esta vez, hubo siete anteriores. Ya bebimos, ya comimos y ya me acarició el pelo. Cinco veces terminamos en su cama. En las otras no aguantamos tanto.

            Toma aire para hablarme y en ese mismo instante me levanto de la cama. Me siento y me tira del brazo. Fue brusca y me dolió el hombro. Me guardo la cara de orto y giro para ver qué quiere. “¿Te vas a vestir?”, me pregunta, mientras me ponía el jean y el bóxer todo junto.

            El zorro abre los ojos y pide por cinco minutitos más. Pero ya es medio tarde.

            “Me voy a ir”, le respondo. Y noto la sorpresa en su cara. Sorpresa impensada, dado que la única vez que dormí en esa cama, fue la cuarta y estaba tan borracho que no recuerdo por qué estaba tan borracho.

            “Te quiero”, vomita.

            El zorro abre los ojos sobresaltado y apoya bien firmes sus cuatro patas.

            La gente es idiota. Exhiben su corazón como si fuese el trofeo de un campeonato interescolar de vóley y esperan que aplaudas y llores emocionado por tanta capacidad. Y no. No somos todos abuelos orgullosos.

            “La velocidad de las reacciones no se miden de forma establecida. Cada cual hace las cosas como puede”, contesto y me pongo la camisa.

            El zorro me mira con cara de no entender una mierda lo que acabo de decir.

            “Vos sos un idiota”, dice. Y un poco me calienta.

            Parado al lado de la cama, la miro fijo, acomodo mi pelo y arranco: “Claro que lo soy. La gente es idiota. Y el amor es una poronga. Pero no como esta o como alguna otra que hayas visto. Es más larga, más gruesa y no está circuncidada. Por ahí, si la ves de afuera, te parece hasta linda y simpática, te gustaría probar su sabor, te da curiosidad saber si podría darte placer. Pero cuando la tenés adentro te das cuenta de que no, que no está bueno. Cada vez es más molesto y lastima. Por momentos lo disfrutás. Al rato te empieza a doler mucho y cada vez está más metida. Y no da”.

            Sus pómulos casi que tapan sus marrones ojos entrecerrados. Su boca semiabierta desnuda cierta repulsión a lo que acabo de decir. También hay un nudo lleno de lágrimas en su garganta que no se ve, pero se lo escucha latir. Recuerda a sus tres amigas a las que les contó lo contenta que estaba por haber encontrado un tipo con el que se puede beber, comer y tiene lindo pelo para acariciar. Intenta reprimir haberle dicho a la madre que para el domingo del Día del Padre ponga una silla más en la mesa porque seguro iba con alguien.

            El zorro camina hacia la puerta de la habitación. Se da cuenta que no avanzo y me espera sentado.

Levanto las cejas y suspiro. Espero algo que no sé muy bien qué es. Ella deja de mirarme, apunta la cabeza a sus piernas perfectas y cierra los ojos. Suspira más fuerte que yo. Muerde sus labios y traga ese nudo e inunda su estómago de sal. Se para y se pone la bombacha y una remera. Agarro mi campera y salgo de la habitación.

            El zorro sacude la cola por el piso y vuelve a andar, yéndose del departamento.

            Pocas cosas son tan incómodas como el viaje en ascensor después de una mala noche. Ella tiene los ojos apagados. No habla ni mira. De a ratos gesticula con las cejas y pasa su lengua por la parte interna de su dentadura. Piensa todo el tiempo.

Quiere matarme el alma a patadas en el piso.

El zorro baja por la escalera.

Abre la puerta y el viento le pone el culo con piel de pollo. Cuando voy a decir alguna estupidez improvisada que no sé qué será, sube su cabeza. Tiene la cara más aliviada, como si hubiese entendido algo que sé con muchísima seguridad que no entendió. Me mira con compasión. “Suerte”, me encomienda para toda la eternidad.

El zorro se ríe desde la calle.

Me doy vuelta y no digo una palabra. La bestia rojiza de cola peluda me acompaña paso a paso por una vacía avenida. Los dos sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer. Lo correcto no siempre es lo que está bien. Nos fuimos porque era lo correcto.


Cuando uno está roto, lo mejor es irse sin romper a nadie más.

viernes, 5 de junio de 2015

El precio

            Extrañaba caminar de noche. Ese miedo que te da la oscuridad. Ir rápido sin tener un destino, darse cuenta y aminorar la marcha. Volver a la velocidad indeseada. Y así.
            Freno en el semáforo del pasado y el rojo no cambia más. El amarillo es la duda. El verde es con dos tragos encima y toda la sangre en las piernas. Estoy en la esquina del infierno, gracias a Dios, sin el Diablo. Estoy solo entre las tinieblas y el fuego. No quiero que crezca. No quiero estar allí. Sigo caminando. Sigo escuchando música que no sé qué dice y no miro para los costados.
            Quiero esto. Quiero los problemas. Quiero la emoción.
            Quiero la carne viva en el piso y el charco rojo alrededor.
            Quiero los golpes.
            Quiero las desilusiones ajenas. Quiero el frío propio.
            Hay un bar. Dos bares. Tres bares. Sigo caminando. No me interesa el resto.
            El mundo le da vueltas a mi isla. No me dibujan ninguna órbita. No quiero al sol, siempre nos peleamos. La luna prefiere estar sola, nunca nos sacamos las ganas
            Soy el gato en la estación de tren vacía.
            Soy el pañuelo que cuida tu cuello.
            Soy la fractura en tus pies.
            Y sigo caminando. Ya ni sé dónde estoy.
            Pienso en el futuro. Pienso en mañana. Cada vez estoy más lejos de hoy. Llevo la cruz del ayer, la alzo: oro macizo cargado de luz de estrellas, brillante por la baba que le derramos encima a esa sinfonía de violines y besos.
            Y estalla la Bestia. La injuria irreproducible del zorro asesino del porvenir. El egoísmo, el auto chocado contra la pared en una calle desierta. El último sorbo a la primera de las cuatro copas de incoherencia. Su pelo molestándote mientras te refriega las tetas por la cara. El puñal entrando en el esternón. Las ganas de verte única y no primera. El respiro vergonzoso después del miedo sin identidad. El olor de su piel limpia y transpirada. El whisky y el vino bailando en tu lucidez. Las tripas segregando tu próximo vómito. El tiempo en pausa, cogiéndote de parado.
            Y sigo caminando. Ya sé dónde estoy.
            Abro la puerta y la oscuridad redobla la apuesta. Caigo derrumbado en la cama. La espalda lastimada me arde, tengo las piernas acalambradas y la boca a punto de suicidarse de la sed.

            El precio por no matar es dejar morir un poquito del alma. Y lo vale.

jueves, 28 de mayo de 2015

El tiempo

            El sol de las 3 de la tarde me hace transpirar en este falso verano. Me pesa la campera, sé que a la noche va a ser fundamental, pero molesta el cuero y el sudor. Los anteojos negros me ayudan a esconder la resaca. El mal sabor en la boca me recuerda que el quinto Negroni de anoche estuvo de más.

            Un miércoles cualquiera.

             Los árboles son duchas bañando las calles con sus hojas amarillentas. El olor a café de algún bar de señores me boxea la nariz. Sigo caminando con una pierna menos.

            Nunca estuve en mayo en París.

            Sólo sé lo que cuesta el otoño en Capital Federal.

            Y duele. Raspa el alma.

            Pero sigo. Piso con fuerza y pateo a la mierda todas esas hojas putrefactas.

            Busco un puente a alguna explicación sobre la idiotez. Espero que las sombras limpien el camino que me lleva a mañana y poder avanzar más lúcido en las respuestas. Esto no es un abismo al final de la ruta, sino la bifurcación que permite ir más allá de este hoy siniestro, que nos mea la cara, riéndose de las incertidumbres que nos envuelven. El aire va a cambiar y todo tendrá el brillo de esas gemas que las damas de honor admiran y los caballeros de bastón y moño intentan conseguir para poder coger un poquito.


            Nunca me equivoco. Soy el tiempo.

            Necesito que me tengan paciencia.

            El polvo me tapa la cara y la culpa me momifica a cada segundo. Sólo busco justicia. No voy a ser el protagonista de una historia de western. No llevo un arma, no estoy preparado para recibir un disparo.

            Lleno de viento mi boca y prosigo a tapar los agujeros de todos mis órganos agonizantes.

            Hace mucho calor. Es mitad de año y estoy transpirado como después del fútbol de los lunes. La sed me hostiga.

            Entro a un bar sin aire, pero nada se compara con el frío de cualquier barra. Pido una cerveza. Después otra. Algo para comer. Un Negroni. Una medida de whisky.

            El sol se fue a molestar a otra parte. Me voy para casa.

            Hoy me duermo temprano. Y mañana será otro jueves cualquiera.

viernes, 8 de mayo de 2015

La Bestia

            La luz que entra por la ventana ilumina el vaso. Todavía queda mucho whisky. Le doy un sorbo. Ahora queda menos. Lo apoyo en mi mesa, en mi cocina. En mi casa. Juego con un ticket que se debe haber escapado de alguna bolsa de supermercado.
            Todo pasa lento.
            Pienso qué hice ayer. Pienso en ayer. Me río. Me río por su risa y por sus ojos.
            A pesar del Jack Daniel’s, me acuerdo del gusto del vino que descorchamos. Tenía mejor sabor en su boca. Sigo sonriendo.
            Trato de entender qué es este momento. Ojalá fuese el personaje imaginario de algún escritor que no leyó muchos libros en su vida. Ojalá mañana, un par de textos más tarde, encamine mi vida y sea un personaje imaginario con un final feliz.
            Ya no sonrío.
            Me paso la mano por la barba. Vuelvo a acordarme de ayer. Esta vez focalizo en todas las palabras que escupí consciente pero sin pensar. En lo asqueroso que fui. En lo apurado, lo soberbio, lo egoísta y lo mal ganador que me porté. En lo poco que puedo disfrutar un buen momento, sin saber que hay malos momentos.
            Sí, mientras vos comés, alguien tiene hambre.
            No estoy bien.
            Se vació el vaso. Sirvo más. Le doy un sorbo y casi que se volvió a vaciar. Lo lleno. Para vasos medio vacíos ya tengo mis pensamientos.
            Dejo de pensar un rato.
            Las ratas me muerden los pies y no me importa. La oscuridad empieza a ganarle a la luz que entra por la ventana y tampoco me importa. Hay una Bestia sentada en la otra punta de la mesa. La ignoro. Ella me mira fijo. Agarra la botella de whisky y toma del pico. Levanto mi vaso y brindo por su partida. No se va. Y me sigue mirando.
            Mejor volver a pensar.
            No entiendo. Intento comprender si lo que hago está bien, si tengo ganas de llevar a cabo todo lo que digo, si mañana va a ser mejor. Pero no puedo pensar en mañana. Todo sigue pasando lento. No llega el mañana. Me pregunto a mí mismo por mí. No me sé responder.
            “Yo sí lo sé”, susurra la Bestia.
            No sé manejar la intriga. Clavo mis ojos en los suyos, que son iguales a los míos. Su cara es igual a la mía. Es igual a mí. Pero es una Bestia. Me mira y sonríe. Nunca soltó la botella. Vuelve a darle otro trago. Sigo teniendo su mirada clavada.
            Es como reflejarse en un espejo.
            “Vas a romper todo”, me asegura. Y me rompe.
            Me destruye. Desmorona toda mi seguridad y me hace replantear lo que había construido. Aprieto la mandíbula, suelto el vaso por miedo a estallarlo en mi mano. Trago mucha saliva. Me invade la ira. La Bestia lo nota. Ríe todavía más. Lo disfruta. Ahí está la felicidad.
            Soy ridículo.
            Quiero cagarme a trompadas con un sentimiento, con una alucinación.
            Quiero cagarme a trompadas a mí.
            No encuentro la salida y creo que alejarme de todo es la solución.
            Lo creo, lo sostengo y lo voy a hacer.
            Pienso en ayer, en anteayer, en el mes pasado, en hace un año. Pienso y no quiero romper nada. No es mi plan.
            Sólo me sale correr. Creer que lo hago por los demás. Me mantengo en pie por ser el antihéroe que protege a los buenos, siendo el más malo de la película.
            Ojalá sea ese puto personaje ficticio. No quiero ser este idiota.
            La Bestia me sigue mirando. Mira cómo mi alma se retuerce de dolor por saber que ya no es ese escudo irrompible que servía de tanque de guerra para mí y para todos. La Bestia me mira y se ríe de mi inseguridad. Ríe porque sabe que ya no sé qué hacer con lo que tuve, ni con lo que tengo. Y que no me interesa lo que voy a tener.
            El mañana que sigue sin llegar.
            Quiero estar tranquilo.
            Camino por un laberinto. Me encierro. Freno y quiero ser frío. Soy calculador. Nunca me equivoco. Pero me estoy equivocando. O no. La verdad ya no sé.
            La clave está en hacerle creer a todo el mundo que tenés razón. Porque vos sabés que es así. Es difícil que otro lo entienda. De golpe, te chocás contra una pared de ladrillos de incertidumbre. No podés avanzar, no podés calcular cuál va a ser tu próxima jugada. No sabés nada y sentís que todo es un caos.
            Ser soberbio es más difícil para el soberbio que para el resto.
            No quiero volver a ayer. Quiero sentir lo mismo que ayer, pero mañana. Quiero que mañana sea como ese oasis que supe encontrar entre medio de mil desiertos.
            No me interesa pasar la Navidad en un pueblo recóndito de vaya uno a saber dónde. Quiero ver esa sonrisa. Quiero seguir tranquilo. No quiero correr más.
            ¿Por qué sigo pensando en mañana?
            Hoy.
            La Bestia se fue. Ya volverá.
            Vuelvo a reír.
            Vuelvo a tomar de mi vaso.

            Hasta mañana.

jueves, 30 de abril de 2015

La barra

Caminaba por la calle, perdiendo 2 a 0 contra la sobriedad. Me tropecé con un par de ideas. De las malas, las sucias, las únicas con las que me vengo encontrando de un tiempo a esta parte. Por suerte me levanté y no me di vuelta a mirar qué había pateado.
Frené en la esquina de Bartolomé Mitre y Gascón. No había nadie, ni la oscuridad. Traté de pensar para qué lado tenía que ir y no sé me ocurrió ninguna respuesta. Cuando tengo el cerebro ciego, sólo se me prende una lamparita. Como si fuese un tren fantasma, un taxi apareció y fracturó la soledad de la calle. Me subí, le tartamudeé la dirección del bar, por suerte me entendió. El tachero era un señor bajito, con ojos rasgados y más arrugas que un árbol. No emitió palabra. Lástima. Esa noche me hubiese gustado charlar.
Era jueves, creo. Sólo recuerdo que el bar estaba lleno. Sonaba Dylan y nadie se daba cuenta. Ni yo.
La barra, vacía. Tenía un espejo enfrente. Me miré a los ojos y no me asusté porque ya estoy acostumbrado. Tan acostumbrado como la bartender. Nos saludamos con un gesto y se fue, moviendo el culo y perfumando el ambiente con su “Valentina”. Tenía una camisa blanca, con tiradores negros. Estaba perfectamente peinada. Su flequillo castaño y recto hacía juego con sus labios naturales y su piel sin sol. Volvió con un negroni.
Te extrañé”, le avisé sin mirarla.
Se dio vuelta, sin replicar.
El espejo amigo me reveló su sonrisa embelesada. Y ella lo sabía. Siempre lo saben.
Me dispuse a jugar. Creyendo que nadie sabía lo que estaba haciendo y sintiéndome Don Draper, miré por el espejo: dos parejas con poco futuro haciendo salida doble, un grupo de tres amigas tomando tomando Bloody Mary, un cumpleañero y su grupo de compañeros de trabajo, dos conociéndose y mirándose con el hambre sexual de un pibe de 14 años.
Vamos por lo difícil: la morocha de ojos verdes del grupo del cumpleañero.
Ya sé que la difícil era la mina de la floreciente pareja, pero soy hijo de puta, no boludo.
Dejé el negroni por la mitad y me paré al baño. Giré la cabeza medio segundo. Me fijé si la morocha me miraba.
Ni se dio cuenta.
Volví del baño, mirando el celular bloqueado. De reojo, seguía atento. Y nada.
Me senté, le di un sorbo al vaso. Seguía actuando mi ausencia. Ya me preocupaba que no me mirara. Des bloqueé el celular, estaba vacío de notificaciones, era sólo un escenario ficticio para una futura jugada.
De repente, solté el teléfono, subí la cabeza y cruzamos miradas por el espejo. Que Perón bendiga ese espejo. Estaba sentada entre dos pibes de camisa y barba de tres días muy prolija. La mina más cerca que tenía estaba en la otra punta. Y sentí que me estaba enamorando, así que me terminé el negroni.
La bartender levantó mi vaso, sin que me diera cuenta. Manoteé el aire y me sentí un idiota.
 “Tomá. Yo también te extrañé”, me dijo, mientras me dejaba un Old fashioned. No se me movió ni medio milímetro de la boca. Pero sentí muchísima más satisfacción que ella cuando lo escuché. Así y todo, me enfoqué en la morocha de musculosa roja y pantalones negros que me miró tres segundos. Porque si hay algo que entusiasma son los desafíos incomprensibles que jamás nos van a hacer felices.
A partir de ese momento,  no dejé de mirarla por el espejo. Que terrible ese instante en que pensás y te sentís un pervertido. Salvo que ella no te sienta así y se desate un quilombo más grande que un terremoto.
La morocha volvió a mirar. Esta vez sostuvo la mirada, levantó una ceja y se mordió un extremo de su boca.
Gané.
Soné mi cuello. Volví a beber de mi trago. Estaba más borracho que mañana, pero menos que ayer, así que entendía todo. Y ahora sí, a dejar que juegue ella. Sostuve mi celular, mirando la nada misma. Pidió un Rob Roy. Y me conquistó. El pelo le rozaba los omóplatos y su piel blanca se enrojecía a medida que bebía de su vaso. Movía su pie al ritmo de la música. Estaba sonando The Beatles, alguna canción que nunca me interesó.
Sus tetas grandes sí me interesaron.
Se levantó y enfiló para el baño. Tengo debilidad por lo complicado de los baños. Le di un sorbo largo a mi trago, el hielo me congeló el bigote. Adiviná si la seguí.
Empujé la puerta y salió una señora que me miró con sorpresa. Confié en que no vaya a decir nada y se siente en su mesa, bien callada la boca. Así fue.
Y ahí estaba esta morocha de ojos verdes infinitos, esperándome. Agarrada del mármol de la pileta, moviendo su mandíbula de lado a lado y su pelo revuelto por la desesperación. Casi que me sentí alguien.
La agarré de la cintura, le mordí los labios y su lengua viajó por mi barba. Chocamos y se sintió la excitación de ambos, sobre todo la mía. Largó un suspiro fuerte y pensé que nos iban a venir a buscar. Me empujó contra los azulejos blancos y sentí la espalda fría. Y el pecho caliente. La quería coger ya.
Me desabrochó el cinturón y me bajó el jean a la fuerza. Se arrodilló en el piso mojado y empezó a chupar como si tuviese sed y yo fuese una canilla. Se atragantaba y respiraba como si se estuviese muriendo. Le agarré la cabeza y ella cerró los ojos. La levanté contra su voluntad. La llevé a uno de los inodoros. Cerramos la puerta. Ella intentó arrodillarse, pero la sostuve de los brazos y la di vuelta. Cuando bajé su pantalón negro, se escuchó ruido de roto, que me importó más a mí que a ella. Se dio vuelta, se agarró de la mochila del inodoro:
 “Cogeme. Fuerte y rápido”, vociferó, mientras se bajaba la bombacha que le cubría la mitad del orto.
No me dejó muchas más opciones que agarrarle con ganas la cintura. Esta vez, fue el reflejo de los azulejos limpios y brillantes el que me ayudó a descubrir la cara de placer de mi compañera. Apenas sintió mis piernas golpeando las suyas, sus ojos se cerraron con fuerza y su boca escupió un gemido ahogado. Estar en el baño de un bar tiene su déficit.
Sentí su culo chocarse contra mí, mientras agarraba su pelo y lo tironeaba. Íbamos a fondo, cada vez más rápido. Yo transpiraba. Ella no paraba de tragarse sus gritos de placer. Y cada movimiento que pasaba, entraba más adentro suyo. Ella se tiraba para atrás y me metía todavía más adentro. El control era compartido.
Solté su pelo, saqué la otra mano de su cintura. La agarré de  las tetas y ahí nos pusimos serios. Tenía los pezones duros y las tetas frías. Mi mano le daba calor a esa carne fresca, que pedía a gritos ser cazada, mordida y arrancada con sutileza. Mis dedos avanzaban como soldados. Ella se echaba a perder, entregó todas sus trincheras. Y empezó a transpirar. Gol.
Escuchamos la puerta del baño abrirse y un par de tacos acercarse al inodoro de al lado. Y ahí estallamos: mientras me movía más corto y más profundo, ella endurecía más las piernas.
Su grito orgásmico me explotó. Empezó a sentir cómo me movía involuntariamente dentro suyo. Advertí como me apretaba la pija, mientras acababa y me pedía que pare. Sólo paré en el fondo.
Todavía agitado, hizo un movimiento brusco y se separó. Quedé con la pistola al aire y ella ya se estaba subiendo su roto pantalón negro. Desconcertado, agarré mi jean. Me empujó con el hombro y salió rápido del baño. La mina que entró cuando acabábamos, todavía estaba ahí: más precisamente, lavándose las manos, haciendo que no quería escuchar cómo cogíamos. Me vio intentando vestirme. Se horrorizó y se escapó.
No era para tanto.
Me lavé las manos y salí. Habré tardado dos minutos, pero la morocha no estaba. Ya había acabado, así que bueno, allá ella. Volví a la barra. Terminé mi Old fashioned aguado y le pedí una medida de Jack Daniel’s a la bartender más hermosa de todo Buenos Aires. Trajo la botella, sin el jigger. Empezó a servir y me miraba a los ojos. Tiene unos ojos marrones profundo, que te hacen replantear si estás a la altura de semejante circunstancia.
Seguía sirviendo.
 “¿Querés saber a qué hora salgo?”, me preguntó con una seguridad admirable.
Sonreí y le desafié la mirada:
 “Me encantaría conocerte. Pero para eso me tenés que conocer a mí, y ni vos ni yo queremos que eso pasé”.

Nadie tiene el control.