Caminaba por la calle, perdiendo
2 a 0 contra la sobriedad. Me tropecé con un par de ideas. De las malas, las
sucias, las únicas con las que me vengo encontrando de un tiempo a esta parte.
Por suerte me levanté y no me di vuelta a mirar qué había pateado.
Frené en la esquina de Bartolomé
Mitre y Gascón. No había nadie, ni la oscuridad. Traté de pensar para qué lado
tenía que ir y no sé me ocurrió ninguna respuesta. Cuando tengo el cerebro
ciego, sólo se me prende una lamparita. Como si fuese un tren fantasma, un taxi
apareció y fracturó la soledad de la calle. Me subí, le tartamudeé la dirección
del bar, por suerte me entendió. El tachero era un señor bajito, con ojos
rasgados y más arrugas que un árbol. No emitió palabra. Lástima. Esa noche me
hubiese gustado charlar.
Era jueves, creo. Sólo recuerdo
que el bar estaba lleno. Sonaba Dylan y nadie se daba cuenta. Ni yo.
La barra, vacía. Tenía un espejo
enfrente. Me miré a los ojos y no me asusté porque ya estoy acostumbrado. Tan
acostumbrado como la bartender. Nos saludamos con un gesto y se fue, moviendo
el culo y perfumando el ambiente con su “Valentina”. Tenía una camisa blanca,
con tiradores negros. Estaba perfectamente peinada. Su flequillo castaño y
recto hacía juego con sus labios naturales y su piel sin sol. Volvió con un
negroni.
“Te extrañé”, le avisé sin
mirarla.
Se dio vuelta, sin replicar.
El espejo amigo me reveló su
sonrisa embelesada. Y ella lo sabía. Siempre lo saben.
Me dispuse a jugar. Creyendo que
nadie sabía lo que estaba haciendo y sintiéndome Don Draper, miré por el
espejo: dos parejas con poco futuro haciendo salida doble, un grupo de tres
amigas tomando tomando Bloody Mary, un cumpleañero y su grupo de compañeros de
trabajo, dos conociéndose y mirándose con el hambre sexual de un pibe de 14
años.
Vamos por lo difícil: la morocha
de ojos verdes del grupo del cumpleañero.
Ya sé que la difícil era la mina
de la floreciente pareja, pero soy hijo de puta, no boludo.
Dejé el negroni por la mitad y me
paré al baño. Giré la cabeza medio segundo. Me fijé si la morocha me miraba.
Ni se dio cuenta.
Volví del baño, mirando el
celular bloqueado. De reojo, seguía atento. Y nada.
Me senté, le di un sorbo al vaso.
Seguía actuando mi ausencia. Ya me preocupaba que no me mirara. Des bloqueé el
celular, estaba vacío de notificaciones, era sólo un escenario ficticio para
una futura jugada.
De repente, solté el teléfono,
subí la cabeza y cruzamos miradas por el espejo. Que Perón bendiga ese espejo.
Estaba sentada entre dos pibes de camisa y barba de tres días muy prolija. La
mina más cerca que tenía estaba en la otra punta. Y sentí que me estaba
enamorando, así que me terminé el negroni.
La bartender levantó mi vaso, sin
que me diera cuenta. Manoteé el aire y me sentí un idiota.
“Tomá. Yo también te extrañé”, me dijo,
mientras me dejaba un Old fashioned. No se me movió ni medio milímetro de la
boca. Pero sentí muchísima más satisfacción que ella cuando lo escuché. Así y
todo, me enfoqué en la morocha de musculosa roja y pantalones negros que me
miró tres segundos. Porque si hay algo que entusiasma son los desafíos
incomprensibles que jamás nos van a hacer felices.
A partir de ese momento, no dejé de mirarla por el espejo. Que terrible
ese instante en que pensás y te sentís un pervertido. Salvo que ella no te
sienta así y se desate un quilombo más grande que un terremoto.
La morocha volvió a mirar. Esta
vez sostuvo la mirada, levantó una ceja y se mordió un extremo de su boca.
Gané.
Soné mi cuello. Volví a beber de
mi trago. Estaba más borracho que mañana, pero menos que ayer, así que entendía
todo. Y ahora sí, a dejar que juegue ella. Sostuve mi celular, mirando la nada
misma. Pidió un Rob Roy. Y me conquistó. El pelo le rozaba los omóplatos y su
piel blanca se enrojecía a medida que bebía de su vaso. Movía su pie al ritmo
de la música. Estaba sonando The Beatles, alguna canción que nunca me interesó.
Sus tetas grandes sí me
interesaron.
Se levantó y enfiló para el baño.
Tengo debilidad por lo complicado de los baños. Le di un sorbo largo a mi
trago, el hielo me congeló el bigote. Adiviná si la seguí.
Empujé la puerta y salió una
señora que me miró con sorpresa. Confié en que no vaya a decir nada y se siente
en su mesa, bien callada la boca. Así fue.
Y ahí estaba esta morocha de ojos
verdes infinitos, esperándome. Agarrada del mármol de la pileta, moviendo su
mandíbula de lado a lado y su pelo revuelto por la desesperación. Casi que me
sentí alguien.
La agarré de la cintura, le mordí
los labios y su lengua viajó por mi barba. Chocamos y se sintió la excitación
de ambos, sobre todo la mía. Largó un suspiro fuerte y pensé que nos iban a
venir a buscar. Me empujó contra los azulejos blancos y sentí la espalda fría.
Y el pecho caliente. La quería coger ya.
Me desabrochó el cinturón y me
bajó el jean a la fuerza. Se arrodilló en el piso mojado y empezó a chupar como
si tuviese sed y yo fuese una canilla. Se atragantaba y respiraba como si se
estuviese muriendo. Le agarré la cabeza y ella cerró los ojos. La levanté contra
su voluntad. La llevé a uno de los inodoros. Cerramos la puerta. Ella intentó
arrodillarse, pero la sostuve de los brazos y la di vuelta. Cuando bajé su
pantalón negro, se escuchó ruido de roto, que me importó más a mí que a ella. Se
dio vuelta, se agarró de la mochila del inodoro:
“Cogeme. Fuerte y rápido”, vociferó, mientras
se bajaba la bombacha que le cubría la mitad del orto.
No me dejó muchas más opciones
que agarrarle con ganas la cintura. Esta vez, fue el reflejo de los azulejos
limpios y brillantes el que me ayudó a descubrir la cara de placer de mi
compañera. Apenas sintió mis piernas golpeando las suyas, sus ojos se cerraron
con fuerza y su boca escupió un gemido ahogado. Estar en el baño de un bar
tiene su déficit.
Sentí su culo chocarse contra mí,
mientras agarraba su pelo y lo tironeaba. Íbamos a fondo, cada vez más rápido.
Yo transpiraba. Ella no paraba de tragarse sus gritos de placer. Y cada movimiento
que pasaba, entraba más adentro suyo. Ella se tiraba para atrás y me metía
todavía más adentro. El control era compartido.
Solté su pelo, saqué la otra mano
de su cintura. La agarré de las tetas y
ahí nos pusimos serios. Tenía los pezones duros y las tetas frías. Mi mano le
daba calor a esa carne fresca, que pedía a gritos ser cazada, mordida y
arrancada con sutileza. Mis dedos avanzaban como soldados. Ella se echaba a
perder, entregó todas sus trincheras. Y empezó a transpirar. Gol.
Escuchamos la puerta del baño
abrirse y un par de tacos acercarse al inodoro de al lado. Y ahí estallamos:
mientras me movía más corto y más profundo, ella endurecía más las piernas.
Su grito orgásmico me explotó. Empezó
a sentir cómo me movía involuntariamente dentro suyo. Advertí como me apretaba
la pija, mientras acababa y me pedía que pare. Sólo paré en el fondo.
Todavía agitado, hizo un
movimiento brusco y se separó. Quedé con la pistola al aire y ella ya se estaba
subiendo su roto pantalón negro. Desconcertado, agarré mi jean. Me empujó con
el hombro y salió rápido del baño. La mina que entró cuando acabábamos, todavía estaba ahí: más precisamente, lavándose las manos, haciendo
que no quería escuchar cómo cogíamos. Me vio intentando vestirme. Se horrorizó
y se escapó.
No era para tanto.
Me lavé las manos y salí. Habré
tardado dos minutos, pero la morocha no estaba. Ya había acabado, así que
bueno, allá ella. Volví a la barra. Terminé mi Old fashioned aguado y le pedí
una medida de Jack Daniel’s a la bartender más hermosa de todo Buenos Aires.
Trajo la botella, sin el jigger. Empezó a servir y me miraba a los ojos. Tiene
unos ojos marrones profundo, que te hacen replantear si estás a la altura de
semejante circunstancia.
Seguía sirviendo.
“¿Querés saber a qué hora salgo?”, me preguntó
con una seguridad admirable.
Sonreí y le desafié la mirada:
“Me encantaría conocerte. Pero para eso me
tenés que conocer a mí, y ni vos ni yo queremos que eso pasé”.
Nadie tiene el control.
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