La
luz que entra por la ventana ilumina el vaso. Todavía queda mucho whisky. Le
doy un sorbo. Ahora queda menos. Lo apoyo en mi mesa, en mi cocina. En mi casa.
Juego con un ticket que se debe haber escapado de alguna bolsa de supermercado.
Todo
pasa lento.
Pienso
qué hice ayer. Pienso en ayer. Me río. Me río por su risa y por sus ojos.
A
pesar del Jack Daniel’s, me acuerdo del gusto del vino que descorchamos. Tenía
mejor sabor en su boca. Sigo sonriendo.
Trato
de entender qué es este momento. Ojalá fuese el personaje imaginario de algún escritor
que no leyó muchos libros en su vida. Ojalá mañana, un par de textos más tarde,
encamine mi vida y sea un personaje imaginario con un final feliz.
Ya no
sonrío.
Me
paso la mano por la barba. Vuelvo a acordarme de ayer. Esta vez focalizo en
todas las palabras que escupí consciente pero sin pensar. En lo asqueroso que
fui. En lo apurado, lo soberbio, lo egoísta y lo mal ganador que me porté. En
lo poco que puedo disfrutar un buen momento, sin saber que hay malos momentos.
Sí,
mientras vos comés, alguien tiene hambre.
No
estoy bien.
Se
vació el vaso. Sirvo más. Le doy un sorbo y casi que se volvió a vaciar. Lo lleno.
Para vasos medio vacíos ya tengo mis pensamientos.
Dejo
de pensar un rato.
Las
ratas me muerden los pies y no me importa. La oscuridad empieza a ganarle a la
luz que entra por la ventana y tampoco me importa. Hay una Bestia sentada en la
otra punta de la mesa. La ignoro. Ella me mira fijo. Agarra la botella de
whisky y toma del pico. Levanto mi vaso y brindo por su partida. No se va. Y me
sigue mirando.
Mejor
volver a pensar.
No
entiendo. Intento comprender si lo que hago está bien, si tengo ganas de llevar
a cabo todo lo que digo, si mañana va a ser mejor. Pero no puedo pensar en
mañana. Todo sigue pasando lento. No llega el mañana. Me pregunto a mí mismo
por mí. No me sé responder.
“Yo
sí lo sé”, susurra la Bestia.
No sé
manejar la intriga. Clavo mis ojos en los suyos, que son iguales a los míos. Su
cara es igual a la mía. Es igual a mí. Pero es una Bestia. Me mira y sonríe.
Nunca soltó la botella. Vuelve a darle otro trago. Sigo teniendo su mirada clavada.
Es
como reflejarse en un espejo.
“Vas
a romper todo”, me asegura. Y me rompe.
Me
destruye. Desmorona toda mi seguridad y me hace replantear lo que había
construido. Aprieto la mandíbula, suelto el vaso por miedo a estallarlo en mi
mano. Trago mucha saliva. Me invade la ira. La Bestia lo nota. Ríe todavía más.
Lo disfruta. Ahí está la felicidad.
Soy
ridículo.
Quiero
cagarme a trompadas con un sentimiento, con una alucinación.
Quiero
cagarme a trompadas a mí.
No
encuentro la salida y creo que alejarme de todo es la solución.
Lo creo,
lo sostengo y lo voy a hacer.
Pienso
en ayer, en anteayer, en el mes pasado, en hace un año. Pienso y no quiero
romper nada. No es mi plan.
Sólo
me sale correr. Creer que lo hago por los demás. Me mantengo en pie por ser el
antihéroe que protege a los buenos, siendo el más malo de la película.
Ojalá
sea ese puto personaje ficticio. No quiero ser este idiota.
La
Bestia me sigue mirando. Mira cómo mi alma se retuerce de dolor por saber que
ya no es ese escudo irrompible que servía de tanque de guerra para mí y para
todos. La Bestia me mira y se ríe de mi inseguridad. Ríe porque sabe que ya no
sé qué hacer con lo que tuve, ni con lo que tengo. Y que no me interesa lo que
voy a tener.
El
mañana que sigue sin llegar.
Quiero
estar tranquilo.
Camino
por un laberinto. Me encierro. Freno y quiero ser frío. Soy calculador. Nunca
me equivoco. Pero me estoy equivocando. O no. La verdad ya no sé.
La
clave está en hacerle creer a todo el mundo que tenés razón. Porque vos sabés
que es así. Es difícil que otro lo entienda. De golpe, te chocás contra una
pared de ladrillos de incertidumbre. No podés avanzar, no podés calcular cuál
va a ser tu próxima jugada. No sabés nada y sentís que todo es un caos.
Ser
soberbio es más difícil para el soberbio que para el resto.
No
quiero volver a ayer. Quiero sentir lo mismo que ayer, pero mañana. Quiero que
mañana sea como ese oasis que supe encontrar entre medio de mil desiertos.
No me
interesa pasar la Navidad en un pueblo recóndito de vaya uno a saber dónde.
Quiero ver esa sonrisa. Quiero seguir tranquilo. No quiero correr más.
¿Por
qué sigo pensando en mañana?
Hoy.
La
Bestia se fue. Ya volverá.
Vuelvo
a reír.
Vuelvo
a tomar de mi vaso.
Hasta
mañana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario