De entrada y plato principal, se come un choripán con bastante salsa
criolla para tapar el gusto berreta. No mira el sanguche, no quiere saber qué
tiene. Se rasca la barba y caen algunas migas del pan francés sobre su panza. Termina
el manjar y abre el libro de Bukowski que tenía al lado del plato. Se saca las
gafas y se refriega los ojos, aprieta sus sienes y vuelve a ponérselas. Lo
ojea, busca cuál fue la última página que abandonó.
Se pierde en la
lectura.
Después de diez minutos
y cinco páginas, dobla la punta de la hoja y cierra el libro. Se saca los
anteojos otra vez y mira todo el lugar. Busca.
Encuentra.
Morocha y menudita.
Carne de cañón. Ella observa mansamente a su esposo, mientras come una porción
de pizza y se le apagan los ojos sin que lo sepa. Sus zapatos apenas tocan el
suelo y su culo se apoya sobre la silla fría, sin intermediarios. Escucha todo
lo que le cuenta su pareja y no hay otro mundo que el momificado por civil. Se
baja un poco el vestido.
Él la estudia. Vuelve Bukowski
a escena. Apareció con cuatro cigarros y se quedó varias páginas más. Ya no la
mira y casi que se olvida. No la dio por muerta, la dio por histérica. Nunca
las da por muertas o perdidas. Sabe que quiere y sabe que puede. Esta vez, él
fue quien perdió interés.
Lleva un vaso de
cerveza a su boca seca y hace buches. Moja sus labios y sigue escuchando a su
esposo. Lo escucha, lo mira, lo abraza, lo mima, lo ama, lo quiere, lo duerme. Se
aburre. Gira su cabeza hacia la izquierda y lee “Erecciones, eyaculaciones,
exhibiciones”. Se asusta.
Él sigue uniendo las
palabras con las imágenes y le da pitadas a su quinto cigarrillo. Se rasca la
nuca muy transpirada y da vuelta la cabeza para la derecha. La ve mirando. La
ve asustada. Vuelve a ver una chance. Hace que lee, pero ya no lo hace. Demuestra
sorpresa y pasión por el libro que murió hace segundos. Apaga el cigarro por la
mitad, sólo para intentar generar misterio y ansiedad. Se da cuenta que ella ya
no lo mira, pero tampoco a su marido.
Ya se le fue el susto.
Ahora le nació la curiosidad. Y quiere que la maten como al gato, pero contra a
una pared, dándole la espalda a esa panza horrible. Recuerda el funeral de su
juventud y hace sollozar sus vísceras. Intenta rememorar la última vez que la
cena en el restaurant terminó con una guerra en el colchón. Evoca al rock que
nunca consolidó y deja de entender todo a su alrededor. Considera los miedos y
la curiosidad, los mezcla y encuentra como resultado un sinfín de clavos en sus
manos. Va al baño y mira su cara en el espejo. Se ve con 30 años más, porque
tiene 30 años más de los que realmente tiene.
Nota que fue para el
baño y cierra el libro. Se saca los anteojos y se peina las cejas. Se da vuelta
para el lado que yo estoy. Me mira con cara de pulgar para arriba. No le
devuelvo el gesto, pero no le importa. Toma agua de la botella de plástico y
parpadea varias veces. Se ríe. Mira al esposo. Se ríe. La ve volver y sentarse.
Mientras camina para su
mesa, advierte todos los detalles de ese tipo arcano. Le gustó y la encantó. Es
toda esa verdad que no tiene su realidad. Se sienta, pasa su lengua por sus
labios y toca con su pie la entrepierna de su marido. Cliché. Respira hondo y
se prepara para matarle la hombría a pura traición. El marido sabe que no hizo
nada para que ella esté excitada. La sorpresa lo desconcierta y decide ir al
baño.
Quedan rodeados
de decenas de personas. Quedan solos.
Él no saca los ojos de
su botella de agua.
Ella no le saca los
ojos de encima. La confunde. La calienta más.
Vuelve el marido y la
interroga.
“El libro. Nunca leí a
Bukowski. Debería hacerlo”.
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