viernes, 5 de junio de 2015

El precio

            Extrañaba caminar de noche. Ese miedo que te da la oscuridad. Ir rápido sin tener un destino, darse cuenta y aminorar la marcha. Volver a la velocidad indeseada. Y así.
            Freno en el semáforo del pasado y el rojo no cambia más. El amarillo es la duda. El verde es con dos tragos encima y toda la sangre en las piernas. Estoy en la esquina del infierno, gracias a Dios, sin el Diablo. Estoy solo entre las tinieblas y el fuego. No quiero que crezca. No quiero estar allí. Sigo caminando. Sigo escuchando música que no sé qué dice y no miro para los costados.
            Quiero esto. Quiero los problemas. Quiero la emoción.
            Quiero la carne viva en el piso y el charco rojo alrededor.
            Quiero los golpes.
            Quiero las desilusiones ajenas. Quiero el frío propio.
            Hay un bar. Dos bares. Tres bares. Sigo caminando. No me interesa el resto.
            El mundo le da vueltas a mi isla. No me dibujan ninguna órbita. No quiero al sol, siempre nos peleamos. La luna prefiere estar sola, nunca nos sacamos las ganas
            Soy el gato en la estación de tren vacía.
            Soy el pañuelo que cuida tu cuello.
            Soy la fractura en tus pies.
            Y sigo caminando. Ya ni sé dónde estoy.
            Pienso en el futuro. Pienso en mañana. Cada vez estoy más lejos de hoy. Llevo la cruz del ayer, la alzo: oro macizo cargado de luz de estrellas, brillante por la baba que le derramos encima a esa sinfonía de violines y besos.
            Y estalla la Bestia. La injuria irreproducible del zorro asesino del porvenir. El egoísmo, el auto chocado contra la pared en una calle desierta. El último sorbo a la primera de las cuatro copas de incoherencia. Su pelo molestándote mientras te refriega las tetas por la cara. El puñal entrando en el esternón. Las ganas de verte única y no primera. El respiro vergonzoso después del miedo sin identidad. El olor de su piel limpia y transpirada. El whisky y el vino bailando en tu lucidez. Las tripas segregando tu próximo vómito. El tiempo en pausa, cogiéndote de parado.
            Y sigo caminando. Ya sé dónde estoy.
            Abro la puerta y la oscuridad redobla la apuesta. Caigo derrumbado en la cama. La espalda lastimada me arde, tengo las piernas acalambradas y la boca a punto de suicidarse de la sed.

            El precio por no matar es dejar morir un poquito del alma. Y lo vale.

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