Extrañaba
caminar de noche. Ese miedo que te da la oscuridad. Ir rápido sin tener un
destino, darse cuenta y aminorar la marcha. Volver a la velocidad indeseada. Y
así.
Freno
en el semáforo del pasado y el rojo no cambia más. El amarillo es la duda. El
verde es con dos tragos encima y toda la sangre en las piernas. Estoy en la
esquina del infierno, gracias a Dios, sin el Diablo. Estoy solo entre las
tinieblas y el fuego. No quiero que crezca. No quiero estar allí. Sigo
caminando. Sigo escuchando música que no sé qué dice y no miro para los
costados.
Quiero
esto. Quiero los problemas. Quiero la emoción.
Quiero
la carne viva en el piso y el charco rojo alrededor.
Quiero
los golpes.
Quiero
las desilusiones ajenas. Quiero el frío propio.
Hay
un bar. Dos bares. Tres bares. Sigo caminando. No me interesa el resto.
El
mundo le da vueltas a mi isla. No me dibujan ninguna órbita. No quiero al sol,
siempre nos peleamos. La luna prefiere estar sola, nunca nos sacamos las ganas
Soy
el gato en la estación de tren vacía.
Soy
el pañuelo que cuida tu cuello.
Soy
la fractura en tus pies.
Y
sigo caminando. Ya ni sé dónde estoy.
Pienso
en el futuro. Pienso en mañana. Cada vez estoy más lejos de hoy. Llevo la cruz
del ayer, la alzo: oro macizo cargado de luz de estrellas, brillante por la
baba que le derramos encima a esa sinfonía de violines y besos.
Y
estalla la Bestia. La injuria irreproducible del zorro asesino del porvenir. El
egoísmo, el auto chocado contra la pared en una calle desierta. El último sorbo
a la primera de las cuatro copas de incoherencia. Su pelo molestándote mientras
te refriega las tetas por la cara. El puñal entrando en el esternón. Las ganas
de verte única y no primera. El respiro vergonzoso después del miedo sin identidad.
El olor de su piel limpia y transpirada. El whisky y el vino bailando en tu
lucidez. Las tripas segregando tu próximo vómito. El tiempo en pausa,
cogiéndote de parado.
Y
sigo caminando. Ya sé dónde estoy.
Abro
la puerta y la oscuridad redobla la apuesta. Caigo derrumbado en la cama. La
espalda lastimada me arde, tengo las piernas acalambradas y la boca a punto de
suicidarse de la sed.
El
precio por no matar es dejar morir un poquito del alma. Y lo vale.
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