Me
mira. No sonríe. Está transpirada, pero muy seria. Creo que hoy no cumplí
las expectativas. No sería raro, para qué mentirnos.
El zorro duerme al lado de mis zapatillas.
Sonríe
y se le iluminan las tetas.
Contando
esta vez, hubo siete anteriores. Ya bebimos, ya comimos y ya me acarició el
pelo. Cinco veces terminamos en su cama. En las otras no aguantamos tanto.
Toma
aire para hablarme y en ese mismo instante me levanto de la cama. Me siento y
me tira del brazo. Fue brusca y me dolió el hombro. Me guardo la cara de orto y
giro para ver qué quiere. “¿Te vas a vestir?”, me pregunta, mientras me ponía
el jean y el bóxer todo junto.
El zorro abre los ojos y pide por cinco
minutitos más. Pero ya es medio tarde.
“Me
voy a ir”, le respondo. Y noto la sorpresa en su cara. Sorpresa impensada, dado
que la única vez que dormí en esa cama, fue la cuarta y estaba tan borracho que
no recuerdo por qué estaba tan borracho.
“Te
quiero”, vomita.
El zorro abre los ojos sobresaltado y apoya
bien firmes sus cuatro patas.
La gente es
idiota. Exhiben su corazón como si fuese el trofeo de un campeonato
interescolar de vóley y esperan que aplaudas y llores emocionado por tanta
capacidad. Y no. No somos todos abuelos orgullosos.
“La
velocidad de las reacciones no se miden de forma establecida. Cada cual hace
las cosas como puede”, contesto y me pongo la camisa.
El zorro me mira con cara de no entender una
mierda lo que acabo de decir.
“Vos
sos un idiota”, dice. Y un poco me calienta.
Parado
al lado de la cama, la miro fijo, acomodo mi pelo y arranco: “Claro que lo soy.
La gente es idiota. Y el amor es una poronga. Pero no como esta o como alguna
otra que hayas visto. Es más larga, más gruesa y no está circuncidada. Por ahí,
si la ves de afuera, te parece hasta linda y simpática, te gustaría probar su
sabor, te da curiosidad saber si podría darte placer. Pero cuando la tenés
adentro te das cuenta de que no, que no está bueno. Cada vez es más molesto y lastima. Por momentos lo disfrutás. Al rato te empieza a doler mucho
y cada vez está más metida. Y no da”.
Sus
pómulos casi que tapan sus marrones ojos entrecerrados. Su boca semiabierta desnuda
cierta repulsión a lo que acabo de decir. También hay un nudo lleno de lágrimas
en su garganta que no se ve, pero se lo escucha latir. Recuerda a sus tres
amigas a las que les contó lo contenta que estaba por haber encontrado un tipo
con el que se puede beber, comer y tiene lindo pelo para acariciar. Intenta
reprimir haberle dicho a la madre que para el domingo del Día del Padre ponga
una silla más en la mesa porque seguro iba con alguien.
Levanto las
cejas y suspiro. Espero algo que no sé muy bien qué es. Ella deja de
mirarme, apunta la cabeza a sus piernas perfectas y cierra los ojos. Suspira
más fuerte que yo. Muerde sus labios y traga ese nudo e inunda su estómago de
sal. Se para y se pone la bombacha y una remera. Agarro mi campera y salgo de la
habitación.
El zorro sacude la cola por el piso y vuelve
a andar, yéndose del departamento.
Pocas cosas
son tan incómodas como el viaje en ascensor después de una mala noche. Ella tiene los ojos apagados. No habla ni mira. De a ratos gesticula con las cejas y
pasa su lengua por la parte interna de su dentadura. Piensa todo el tiempo.
Quiere
matarme el alma a patadas en el piso.
El zorro baja por la escalera.
Abre la
puerta y el viento le pone el culo con piel de pollo. Cuando voy a decir alguna
estupidez improvisada que no sé qué será, sube su cabeza. Tiene la cara más
aliviada, como si hubiese entendido algo que sé con muchísima seguridad que no
entendió. Me mira con compasión. “Suerte”, me encomienda para toda la
eternidad.
El zorro se ríe desde la calle.
Me doy vuelta
y no digo una palabra. La bestia rojiza de cola peluda me acompaña paso a paso
por una vacía avenida. Los dos sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer.
Lo correcto no siempre es lo que está bien. Nos fuimos porque era lo correcto.
Cuando uno
está roto, lo mejor es irse sin romper a nadie más.

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