sábado, 13 de junio de 2015

La sorpresa

            Me mira. No sonríe. Está transpirada, pero muy seria. Creo que hoy no cumplí las expectativas. No sería raro, para qué mentirnos.

            El zorro duerme al lado de mis zapatillas.

            Sonríe y se le iluminan las tetas.

            Contando esta vez, hubo siete anteriores. Ya bebimos, ya comimos y ya me acarició el pelo. Cinco veces terminamos en su cama. En las otras no aguantamos tanto.

            Toma aire para hablarme y en ese mismo instante me levanto de la cama. Me siento y me tira del brazo. Fue brusca y me dolió el hombro. Me guardo la cara de orto y giro para ver qué quiere. “¿Te vas a vestir?”, me pregunta, mientras me ponía el jean y el bóxer todo junto.

            El zorro abre los ojos y pide por cinco minutitos más. Pero ya es medio tarde.

            “Me voy a ir”, le respondo. Y noto la sorpresa en su cara. Sorpresa impensada, dado que la única vez que dormí en esa cama, fue la cuarta y estaba tan borracho que no recuerdo por qué estaba tan borracho.

            “Te quiero”, vomita.

            El zorro abre los ojos sobresaltado y apoya bien firmes sus cuatro patas.

            La gente es idiota. Exhiben su corazón como si fuese el trofeo de un campeonato interescolar de vóley y esperan que aplaudas y llores emocionado por tanta capacidad. Y no. No somos todos abuelos orgullosos.

            “La velocidad de las reacciones no se miden de forma establecida. Cada cual hace las cosas como puede”, contesto y me pongo la camisa.

            El zorro me mira con cara de no entender una mierda lo que acabo de decir.

            “Vos sos un idiota”, dice. Y un poco me calienta.

            Parado al lado de la cama, la miro fijo, acomodo mi pelo y arranco: “Claro que lo soy. La gente es idiota. Y el amor es una poronga. Pero no como esta o como alguna otra que hayas visto. Es más larga, más gruesa y no está circuncidada. Por ahí, si la ves de afuera, te parece hasta linda y simpática, te gustaría probar su sabor, te da curiosidad saber si podría darte placer. Pero cuando la tenés adentro te das cuenta de que no, que no está bueno. Cada vez es más molesto y lastima. Por momentos lo disfrutás. Al rato te empieza a doler mucho y cada vez está más metida. Y no da”.

            Sus pómulos casi que tapan sus marrones ojos entrecerrados. Su boca semiabierta desnuda cierta repulsión a lo que acabo de decir. También hay un nudo lleno de lágrimas en su garganta que no se ve, pero se lo escucha latir. Recuerda a sus tres amigas a las que les contó lo contenta que estaba por haber encontrado un tipo con el que se puede beber, comer y tiene lindo pelo para acariciar. Intenta reprimir haberle dicho a la madre que para el domingo del Día del Padre ponga una silla más en la mesa porque seguro iba con alguien.

            El zorro camina hacia la puerta de la habitación. Se da cuenta que no avanzo y me espera sentado.

Levanto las cejas y suspiro. Espero algo que no sé muy bien qué es. Ella deja de mirarme, apunta la cabeza a sus piernas perfectas y cierra los ojos. Suspira más fuerte que yo. Muerde sus labios y traga ese nudo e inunda su estómago de sal. Se para y se pone la bombacha y una remera. Agarro mi campera y salgo de la habitación.

            El zorro sacude la cola por el piso y vuelve a andar, yéndose del departamento.

            Pocas cosas son tan incómodas como el viaje en ascensor después de una mala noche. Ella tiene los ojos apagados. No habla ni mira. De a ratos gesticula con las cejas y pasa su lengua por la parte interna de su dentadura. Piensa todo el tiempo.

Quiere matarme el alma a patadas en el piso.

El zorro baja por la escalera.

Abre la puerta y el viento le pone el culo con piel de pollo. Cuando voy a decir alguna estupidez improvisada que no sé qué será, sube su cabeza. Tiene la cara más aliviada, como si hubiese entendido algo que sé con muchísima seguridad que no entendió. Me mira con compasión. “Suerte”, me encomienda para toda la eternidad.

El zorro se ríe desde la calle.

Me doy vuelta y no digo una palabra. La bestia rojiza de cola peluda me acompaña paso a paso por una vacía avenida. Los dos sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer. Lo correcto no siempre es lo que está bien. Nos fuimos porque era lo correcto.


Cuando uno está roto, lo mejor es irse sin romper a nadie más.

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