jueves, 9 de julio de 2015

Explicaciones

               Tiene un Spritz recién servido. Prefiere agarrarme la pierna. Me toca el brazo. Me mira el inconsciente y me lee. O eso intenta. El sillón de cuero del bar le da un toque de escena porno elegante al momento. Dejo la copa de Side Car de lado y prefiero matar la sed con su boca. Un beso certero, con una lengua lenta. Se puede cocinar una vaca entera con sólo ponerla cerca nuestro.

                Termino mi trago, ella no. Quiere fumar. Le sugiero que nos vayamos. Pasar la mano por sus tetas a la vista de todos, nos condicionó las ganas y ya no podemos pensar con claridad.

                Nos subimos a un taxi.

                Pocas veces en mi vida vi un cuerpo con tanto carácter como el de ella. Una bailarina neoyorquina de los 60. Curvas en cada centímetro de su pálida piel. Hay futuro en sus ojos achinados. Pero siendo respetuoso de mi terquedad, vivo el presente de sus tetas. Gran presente.

                Apenas entramos a su departamento tuvimos que hacer una parada en el sillón. Parada en todo sentido. Nuestra ropa alfombra todo el living. Corro su pelo, miro su nuca, le muerdo el hombro derecho y con nuestras cuatro rodillas apoyadas en el futón, empezamos a coger como si llevásemos años de abstinencia.

                Su culo chocando en mi pelvis no me deja pensar en otra cosa más que en evitar morirme de excitación.

                Cuando el calor es más alto que la concentración, el final es rápido.

                Me lleva de la mano a dar un paseo por el paisaje altanero de su cama. Mezcla su color con las sábanas y toda su temperatura con las frazadas. Me concede un descanso de dos sorbos de agua y un par de chistes malos, de esos que sólo te hacen reír cuando el placer te obliga a pensar como un tarado y no podés borrar esa sonrisa adolescente.

                La ayuda nunca viene mal y ella es buena colaboradora. Vuela mi bóxer y me da una mano. Una mano que con velocidad se convierte en una boca. Su lengua baila. No entra nada a mis pulmones, tengo un grito atravesado. De alguna manera, giro su cuerpo y me pongo arriba suyo. La oscuridad no deja que nos veamos. Nos respiramos y nos sentimos.

                Nos cogemos.

                Sus piernas se abren con la misma facilidad que el viento rompe una nube. Paso la mano por su espalda y subo por su cabeza. Clavo los dientes en su oreja, me enredo en su brilloso pelo castaño y le hago sentir mi agitación. Suelta un gemido en cada roce, en cada golpe dentro de ella.

                Cierro el puño y me clavo las uñas en la palma. Una contractura diabólica me acuchilla el cuello. No voy a frenar un segundo. Voy a seguir hasta que me explote el corazón.

                Se percibe el enojo de los vecinos despertándose por los gritos que esboza.


               La cama tiembla. Mis pies también.

                Me pide que siga. La sangre en sus venas empieza a burbujear. Estira las piernas. Ya no son gritos, son alaridos. Siento sus tetas contra mí, su boca en el cuello y la pija a punto de reventar bien adentro.

                Sus piernas se tensan y su pecho se infla. Retiene el aire. Un pequeño espasmo viaja desde sus dedos hasta su alma.

                Cuando Dios inventó el orgasmo femenino, estaba muy enojado con el hombre. Es la única explicación que le encuentro a tanta complejidad. Sepan disculpar.

                Sin acabar y con un cuarto de mi estado físico, me doy cuenta que no quiero parar. La poca energía me pasa bastante factura y me invita a retirarme de donde estoy. Lo de respetar mi terquedad es en serio, así que decido quedarme un rato más.

                Confío en mí.

                Mentira.

                La abro todavía más. Envuelvo sus muslos con mis brazos y agarro fuerte su orto. Me muevo torpe y brusco. Parezco un animal imbécil. Me despego un poco, le doy distancia a nuestras cinturas. Ella desespera y me motiva.

                Vuelvo a ponerme en condiciones.

                Sube las piernas a mis hombros. Me tira del pelo y me lleva a sus tetas. Un oasis de piel y carne. Estoy perdido, cogiendo sin parar.

                Empiezo a dudar si algún vecino no llamará a la policía, pensando que alguien está siendo asesinado. Estos gritos ya no son normales. Pero, puta madre, cada sonido que sale de su boca me calienta todavía más.

                Sus gemelos me aprietan el cuello y su concha hace lo mismo con mi verga.

                Un gemido sin voz se escapa y anuncia otro orgasmo.

                Necesito acabar.

                "Quiero que me llenes de leche”, pide.

                Ay.

                Con más fuerza, más velocidad y mayor impericia busco algo que me doy cuenta que no va a llegar. Pero no me importa. No voy a repetir de vuelta lo de la terquedad, creo que ya les quedó claro.

                Tengo las piernas coqueteando con los calambres y me duelen los abdominales. Mi cuerpo está al borde de una implosión. Estoy perdiendo sentido común.

                Dejamos de lado lo sexual. Esto es salvaje.

                Me derrumbo. No doy más. Caigo en el colchón. No podemos hablar.

                Hay clima de satisfacción y conformidad. No hay palabras. No salen. Me da agua. No puedo ni agradecerle. Pensando un segundo en frío, tengo miedo de que se crea que este nivel de canibalismo puede ser moneda corriente. Ojalá nunca me lo pregunte, porque no tengo idea cómo pasó.

                Unos besos después, nos quedamos dormidos.

                Nos despertamos en la misma posición en la que cerramos los ojos. La luz es insoportable. No hace frío, ella es una hoguera. Actúa como si no le temiese a mis fantasmas, ignora las tormentas que me persiguen y esquiva las ríos de lava que bajan por mi mente hasta mis uñas.

                Sin reírse, busca el filo del hacha y desafía al verdugo. A pesar de tenerle miedo, no abandona su fidelidad y sabe que va a ganar. Siempre gana. Encuentra su premio en cada agujero, no le interesa seguir a ningún conejo blanco. Ella es su propio camino.

                Y  me encanta.

                “¿Estás seguro de que la pasaste bien anoche?”, me pregunta y me violenta.

                Me río. La miro con una sonrisa espantosa.

                “¿En serio preguntás? ¿Sabés cuál es tu problema? Que necesitás explicaciones”, le respondo.

                Cambia su expresión de intriga por una de aberración. Gira para el otro lado y se ofende un ratito.

                El sol entra por la ventana y es cada vez más insoportable.

               Nadie quiere explicaciones. Pero ella quiere lo que nadie. A mí.

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