viernes, 28 de diciembre de 2012

Años más


          De entrada y plato principal, se come un choripán con bastante salsa criolla para tapar el gusto berreta. No mira el sanguche, no quiere saber qué tiene. Se rasca la barba y caen algunas migas del pan francés sobre su panza. Termina el manjar y abre el libro de Bukowski que tenía al lado del plato. Se saca las gafas y se refriega los ojos, aprieta sus sienes y vuelve a ponérselas. Lo ojea, busca cuál fue la última página que abandonó.

            Se pierde en la lectura.

            Después de diez minutos y cinco páginas, dobla la punta de la hoja y cierra el libro. Se saca los anteojos otra vez y mira todo el lugar. Busca.

            Encuentra.

            Morocha y menudita. Carne de cañón. Ella observa mansamente a su esposo, mientras come una porción de pizza y se le apagan los ojos sin que lo sepa. Sus zapatos apenas tocan el suelo y su culo se apoya sobre la silla fría, sin intermediarios. Escucha todo lo que le cuenta su pareja y no hay otro mundo que el momificado por civil. Se baja un poco el vestido.

            Él la estudia. Vuelve Bukowski a escena. Apareció con cuatro cigarros y se quedó varias páginas más. Ya no la mira y casi que se olvida. No la dio por muerta, la dio por histérica. Nunca las da por muertas o perdidas. Sabe que quiere y sabe que puede. Esta vez, él fue quien perdió interés.

            Lleva un vaso de cerveza a su boca seca y hace buches. Moja sus labios y sigue escuchando a su esposo. Lo escucha, lo mira, lo abraza, lo mima, lo ama, lo quiere, lo duerme. Se aburre. Gira su cabeza hacia la izquierda y lee “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones”. Se asusta.

            Él sigue uniendo las palabras con las imágenes y le da pitadas a su quinto cigarrillo. Se rasca la nuca muy transpirada y da vuelta la cabeza para la derecha. La ve mirando. La ve asustada. Vuelve a ver una chance. Hace que lee, pero ya no lo hace. Demuestra sorpresa y pasión por el libro que murió hace segundos. Apaga el cigarro por la mitad, sólo para intentar generar misterio y ansiedad. Se da cuenta que ella ya no lo mira, pero tampoco a su marido.

            Ya se le fue el susto. Ahora le nació la curiosidad. Y quiere que la maten como al gato, pero contra a una pared, dándole la espalda a esa panza horrible. Recuerda el funeral de su juventud y hace sollozar sus vísceras. Intenta rememorar la última vez que la cena en el restaurant terminó con una guerra en el colchón. Evoca al rock que nunca consolidó y deja de entender todo a su alrededor. Considera los miedos y la curiosidad, los mezcla y encuentra como resultado un sinfín de clavos en sus manos. Va al baño y mira su cara en el espejo. Se ve con 30 años más, porque tiene 30 años más de los que realmente tiene.

            Nota que fue para el baño y cierra el libro. Se saca los anteojos y se peina las cejas. Se da vuelta para el lado que yo estoy. Me mira con cara de pulgar para arriba. No le devuelvo el gesto, pero no le importa. Toma agua de la botella de plástico y parpadea varias veces. Se ríe. Mira al esposo. Se ríe. La ve volver y sentarse.

            Mientras camina para su mesa, advierte todos los detalles de ese tipo arcano. Le gustó y la encantó. Es toda esa verdad que no tiene su realidad. Se sienta, pasa su lengua por sus labios y toca con su pie la entrepierna de su marido. Cliché. Respira hondo y se prepara para matarle la hombría a pura traición. El marido sabe que no hizo nada para que ella esté excitada. La sorpresa lo desconcierta y decide ir al baño.

            Quedan rodeados de decenas de personas. Quedan solos.

            Él no saca los ojos de su botella de agua.

            Ella no le saca los ojos de encima. La confunde. La calienta más.

            Vuelve el marido y la interroga.

            “El libro. Nunca leí a Bukowski. Debería hacerlo”.

lunes, 1 de octubre de 2012

El hambre de Caperucita y Lobo

         Lobo transpira y espera cerca del viento y la noche. Es todo oscuridad. Está firme con su cuerpo peludo, los ojos abiertos y el hambre de un playboy.

            Caperucita entra en escena y la luz aparece en la habitación. Se percibe el erotismo en las paredes. Sus piernas son como la miel. La culpa es escasa como su dolor. Combina los labios con una bata de seda roja, y ese es el único toque hollywoodense que hay en la historia.

            Lobo empaña el vidrio del ventanal y riega el pasto de baba. La observa, se le evapora el alma. Cada vez se excita más, la verga le destroza los pantalones. Quiere morderla, rasguñarla, romperla. Quiere asesinarla.

            Caperucita lo conoce. No hay trucos ni estrategias. Le hierve el cuerpo. No se va dejar asesinar. Lo mira y ve esos dientes rabiosos. Encara y pega la bata contra el vidrio. Lobo lame el cristal y el aire empieza a hervir.

            La bestia entra y no pierde un segundo.

            Saltan a la cama con violencia. Lobo entierra la dentadura en el hombro de Caperucita. Ella le clava las uñas en la espalda. La sangre brota de los cuerpos y todo se vuelve más rojo.

            Se arrancan las pocas ropas y se cogen. Las heridas cada vez son más y el sexo es cada vez mejor.

            Caperucita lo monta y se mueve con fuerza y velocidad. Van agotando la energía, pierden mucha sangre. Ella sigue y sigue. Escarba con las uñas entre el pelaje, le muerde el pecho y le rompe la pelvis. Las garras de Lobo no salen del culo de Caperucita y la mandíbula está clavada entre las tetas.

            La sangre va calmando el hambre.

            Las caderas ya no se mueven. Caperucita sólo se encarga de desmembrar los pocos pedazos de carne que quedan de Lobo.

            En la cama quedan los restos de algo que supo ser el prófugo más cazador. Caperucita sonríe. Respira como puede, su cuerpo desnudo está herido por donde se lo mire.

            Se toca las tetas ya casi irreconocibles y se mete en la ducha.

            Cicatrizará pronto y esperará a otro lobo feroz.

martes, 28 de agosto de 2012

Pierino


Algo con gusto a whisky me quema la garganta y me hace lagrimear. La botella dice que es whisky, pero parece alcohol etílico.

            Mierda. Está vencido. ¿Me moriré? No sé. Pero estoy casi seguro que mañana no voy a salir del baño.

            Es de noche, hace frío de verano y todo es hermoso como para tomar vino de la copa de alguna cazadora de camas. Todo un plan del que sólo un milagro me haría participar. Es temprano y no comí. Lo mejor sería que ese alcohol vencido tenga compañía en mi estómago.

            Necesito de un lugar en el que pase desapercibido. Necesito ser uno más de montón que está ahí comiendo y sufriendo el insomnio porteño. No es una noche para ser el bufón de algún escritor frustrado que llorisquea historias en un cafetín y cuenta lo grises que son las paredes y lo trillado del hombre del cigarro y la cerveza en la barra.
           
            Siempre hay alternativas para la rutina.
 
            Pierino. Compañero peronista. Las mejores pastas y el tiramisú de Dios.

            “Hay 15 minutos de demora. ¿Esperás?”, me pregunta un tipo pelado, con cara de haber nacido con un faldón puesto y una bandeja abajo del brazo.

            “Sí, claro. Espero afuera”.

            Hay un trapito en la puerta. Gorra y campera azul. Habla con cualquiera que quiera hacer que lo escucha. Por suerte, ya hay oídos disponibles, así que no me molesta.
           
            Aprovechando el tiempo, me pongo a pensar qué voy a pedir. Decido que ravioles, pero se me interrumpen las ideas cuando una camioneta blanca estaciona en la esquina del restaurant. Del lado del acompañante se baja un tipo de unos 50 años, camisa negra con tres botones desabrochados, una cadenita plateada apoyada sobre los pelos de su pecho y un espantoso peinado con gel. Se escucha la puerta del conductor. Tengo ansiedad por ver qué personaje aparecerá. Una mujer de la misma edad, con un escote tan grande como la mentira de sus tetas operadas, rulos, mucho maquillaje y un pantalón de no sé qué tela que brillaba y le marcaba un culo viejo. Ella apaga un cigarro y entran.

            Vuelven a salir por el mismo motivo que yo.

            Él la abraza y le toca ese culo viejo. Sube la mano recorriendo toda su espalda tapada por una musculosa blanca y termina agarrándole la nuca con pasión. Se dan un beso con tanta sexualidad que casi me excito. Mentira. Se me escapó un poco del apetito.

            Me avisan que mi mesa está lista y me ubican en la mitad del lugar. Las paredes llenas de adornos, fotos con famosos, fotos con políticos, distintos cuadros, una caja de vino El Justicialista y otras botellas con la cara de Néstor y Cristina. Nada que decir de la decoración. 

Estoy solo, rodeado de decenas de personas acompañadas. No es para nada reconfortante, pero necesitaba familias que me camuflen de la muerte de los antros. Pido unos ravioles de verdura con una salsa con camarones y un vino ni muy caro ni muy barato.

            Antes que mi plato, llega la pareja cincuentona que estaba afuera. Los ubican al lado mío. Sus cuerpos los separa la mesa, pero no puedo sacarme de la cabeza la viscosidad del beso y la mano en el culo. Rezo para que no hagan nada para terminar por completo con mi apetito. Primero piden un vino blanco, después la comida.

            La silla de madera empieza a darme dolor de espalda.

            Traen mis ravioles y mi vino. Se me dibuja una sonrisa de cordialidad y me dispongo a comer. En 10 minutos se me acabó la comida. Todavía hay un poco de vino. Como tengo vino, tengo tiempo. Lo importante del tiempo es saber usarlo y aprovechar cada segundo en el que se pueda respirar. Intento escuchar a la pareja. Termino de comer, así que no me van a sacar el hambre. Ya tienen todos sus pedidos en la mesa. Conversan mientras a ella le llegan mensajes de texto. Se ponen hablar de bailar tango. Ella se entusiasma con la idea, él sólo come sus fideos a la bolognesa y asiente con la cabeza. Ninguno de los dos parpadea. Él mueve la pierna constantemente y le relojea las tetas entre bocado y bocado. Ella sacude las manos con mucha efusividad y casi ni come. Sigue hablando de tango, dónde podrían bailar, si habrá más parejas de su edad.

            El mozo se cruza por delante mío y le pido una porción de torta de manzana con helado. El tiramisú es más rico, pero quiero eso. Banal.

            Por pedir, no le seguí el hilo a la conversación de la pareja y no sé qué más pasó. Nunca me interesó, pero fue un momento de aburrimiento.

            Tengo que hacer algo con el dolor de espalda.
           
            Termino la torta, termino el vino, pago y me voy.

            Salgo y le doy diez pesos al trapito, no vine en auto, pero quería dejarle algo por no haberme jodido mientras esperaba.

            El frío de verano era cada vez más frío. Esta noche no estoy para dar el mejor show de mi vida, prefiero ir a mi casa y prepararme para mañana. Va a ser un largo día en el baño.

domingo, 24 de junio de 2012

Choque (Parte III - Final)


            Estoy listo. Perfume de barrio, campera para el frío y unos mangos para invitarla a tomar algo. Salgo a buscarla. Solo, contra la ciudad y mi mala memoria.
       
La amo, pero no me acuerdo dónde vive. Me acuerdo su olor a champagne, pero me olvidé qué libro tenía en la mesita de luz.

            ¿Cómo se encuentra al amor de la vida en la ciudad? ¿Tiene calles y una dirección? Recibí el año con ella, entre sus piernas. Recuerdo ser feliz, no recuerdo verla. Todavía siento su piel seca y sus pezones duros como el hielo. Las imágenes se me escapan como las nubes al mar. No termino de entender.

¿La felicidad existe en las manos o es cosa de los dormidos? Me acuerdo de ella respirándome en la nuca, diciéndome que me amaba y prometiéndome fidelidad, esa fidelidad que pierdo cuando cae la última gota de whisky en mi tan gastado vaso.

¿Existió el amor?

¿Y qué si algún hijo del diablo, en compañía del vino, me jugó una mala pasada?

Esos ojos me desnudaron y esa boca me probó. Tengo que encontrarla y descubrir la realidad del enigma pornográfico que me persigue, me atormenta, me mata y no me deja salvar al mundo, a ese mundo que me pide ayuda a gritos.

Mientras esquivo gente, trato de unir dos ideas. Trato de concebir un pensamiento coherente. Uso la memoria selectiva para escaparle a esa eyaculación festiva y a esos cuerpos bañados en alcohol. ¡Una dirección! ¡Una fachada!

Nada. No aparece. No aparece la lógica, sino miles de escenas de desnudez y lenguaje adulto. Nada apto para menores de 18 años. Soy un personaje de una película dramática con tintes de Uma Thurman cortándole la cabeza a un centenar de chinos.

Cada esquina que cruzaba sin tener una sola pista de dónde localizar tanta belleza junta, sentía que perdía dos días de vida. Fui el mejor ladrón de guantes blancos robando kioscos de Balvanera. Vi al amor saltar por la ventana y romperse en mil pedazos por un sueño de Navidad. Me cuesta respirar sintiéndome tan estúpido, tan mediocre, tan fantaseador, tan adicto.

Adicto.

Reflexionando, mato este manicomio que me persigue. Tengo que reivindicar los bares de paso y las anécdotas falsas de gente que no me interesa conocer.


No tengo perdón.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Insomnio (Parte II)

Terminé el cigarro y me acosté. Estaba todo oscuro, ni un poquito de claridad. Hasta me paré a apagar el televisor desde el aparato, porque si lo hago con el control, me molesta la luz roja. Era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados.

            Con los minutos, la vista se me acostumbró y veía toda la habitación.

            Hacía un día que no dormía. La idea de no poder escribir me abrumaba. Salí del hotel y di vueltas por toda Capital Federal. En cuestión de horas, pase de Palermo a San Cristóbal. También estuve por el centro, cerca del Obelisco. Hasta que paré en Belgrano. De ahí, me tomé el colectivo hasta casa. Tenía cansancio corporal y mental. Busqué historias todo el tiempo. Las encontré, pero no conseguía pasarlas a un papel.

            No podía dormir.

            No sabía qué me pasaba. Bah, sí. Necesitaba un perdón. Pero, ¿de qué? No lo sé. ¿Tan mal me porto? Vasos, cigarros, besos, sexo… eso no está mal. Mal está ser un asesino serial o ser un golpeador de mujeres. Yo sólo escribo. Y no estaba pudiendo.

            Me destapé. Apoyé el culo contra la pared fría. Seguía sin sueño.

            Está bien. Aceptaba mi condena, aunque no la podía manejar. Necesitaba ese perdón. No era cualquier perdón. Era el perdón de esa mujer que me sacudió el piso como terremoto japonés. Tenía que volver a ese balcón, a esa cama con sábanas más oscuras que el pasado. Quería miles de años nuevos con besos de champagne. De a poco, me transformaba en un pelotudo.

            La puta madre. Tengo insomnio. No puedo escribir, no puedo dormir… en cualquier momento mi hígado se revela y tengo que dejar de tomar.

            No tenía nada para contrarrestar el momento. Ni whisky ni vino ni pastillas. En el botiquín se escondía un Alikal, nada más. Un día de mierda termina con una noche de mierda.

            Mientras me tapaba y destapaba constantemente, intentaba decidir. Le hablaba a mi cerebro y le pedía una solución. No era cuestión de pensar demasiado: tenía que ir con ella. Explicarle que me arrepentía de haberme ido, que el fin era un estado de ánimo. La eternidad era lo importante. Quería flotar. Extrañaba su salvajismo, sus dientes mordiéndome el pecho y su nuca en mi nariz. Fue una revelación.

            Ya está. Ya descubrí el problema. ¿Puedo dormir? No.

            Si no puedo dormir, no paro de pensar. Para colmo, el barrio me regalaba música. Autos, colectivos, gente gritando. Suburbio porteño. Necesitaba dormir y todo me desconcentraba. Tenía que descansar y tenía los ojos más abiertos que los duros del bar. Búhos.

            Ya había probado ocho posiciones para poder dormirme. Los vecinos arrancaban sus días laborales. Dejé de pensar. Arranqué de vuelta a las tres de la tarde.

Me puse los pantalones. Desayuné cigarros y salí en búsqueda de mi solución.

viernes, 20 de enero de 2012

Necesidad (Parte I)

Apenas entré al hotel, supe que más de una noche no pasaba ahí adentro. Era un lugar raro, no era feo: piso de madera con un plastificado ya rayado, unos sillones verdes ubicados alrededor de una mesa ratona. En las paredes unos cuadros llenos de polvo con unos paisajes horribles. Era acogedor y raro.

            Hice sonar una campana y un viejo con un parche en el ojo derecho apareció de atrás de una puerta. “¿Qué buscás?”, me preguntó con un mal humor indecente. Era obvio que necesitaba una habitación, sino no estaría en un hotel a las tres de la mañana de un martes. “Algo silencioso y sin cucarachas”, le contesté. Agarró un bastón y me llevó hasta el final del pasillo.

            ¿Un parche? ¿Un bastón? ¿Qué mierda es esto? No importa. Seguí.

            “Silencioso es Claromecó en agosto. Estamos en Capital y el ruido gobierna, eh”, me dijo mientras abría la puerta de la habitación número 9. Era quedarme callado o emparcharle el otro ojo. Opté por la paz.

            Había olor a humedad, un papel tapiz amarronado, un espejo en una pared y una ventana que daba a Juan B. Justo. Prendí la lámpara que estaba sobre la mesita de luz y apagué la del techo. Me encantó la habitación. Era lo que buscaba. Salvo el ruido.

            Apoyé mi bolso sobre una silla de mimbre y la bocina de un colectivo hizo temblar las paredes. Me tuve que acostumbrar.

            Saqué el whisky. Bienvenidos.

            Los hoteles me inspiran. Por lo general, me causan una confusión tan grande que me dan cientos de cuentos. Algún día se conocerán. Cuando deje de ser un zorro que le roba noches a las mujeres y persecuciones a los hombres.

            Nunca nadie va a saber de ellos.

            Me tiré en la cama con la botella y un coro de perros dio una función de cinco minutos. Eran insoportables. Eran poesía. No soy poeta.

            No iba a poder descansar. Tuve que hacer en ese momento, lo que iba a dejar para el día siguiente. Agarré una lapicera y una hoja.

            Quise salvar al mundo.

            No pude escribir estaba bloqueado. El escenario era el que deseé, el aire también. Pero estaba obnubilado. Veía como el tiempo se moría en un reloj colgado enfrente de la cama. Para peor, los perros volvieron a ladrar.

            Se me había ocurrido una idea. Inventarle una historia a cómo había perdido el ojo el viejo del parche. No le encontré una trama y perdí el hilo. Al rato, me olvidé lo que estaba pensando.

            Le di tres sorbos en un solo trago al whisky. No podía pensar.

            No entendía. No sabía si era miedo, no sabía si estaba tan borracho que no podía concebir dos ideas.

            Ya por el primer cigarro del segundo paquete y con tres vueltas de la menor aguja al reloj, me di cuenta qué mierda me estaba pasando.

            Era su culpa. Y yo era el culpable.

            No me gustan los finales. Nunca supe cómo hacerlos, ni siendo escritor. Por eso, me di cuenta que necesitaba algo.

            Necesitaba la absolución.

domingo, 15 de enero de 2012

Pizza y baño

No era sábado pero la noche me engañó. Entre mi cerveza hogareña y una de un bar lleno de culos, era claro cuál elegiría. Agarré la campera y salí a paso lento. No son muchas cuadras, así que no me preocupé. El vientito de verano me gusta. Me hacen sentir en la orilla del mar, aunque el agua que tenga más cerca sea la de la canilla que gotea en la entrada del edificio.
           
            Tenía suficiente abrigo como para calmar el frío, pero no los vicios. Busqué el paquete de cigarros. Tenía sólo uno, también el encendedor. Mi cuerpo ya parecía la Bristol un 10 de enero a las dos de la tarde. Caminaba tranquilo.

            Una cucaracha se mostró valiente en el medio de mi viaje. En realidad, no sé si llamarlo valentía o estupidez. El bicho es un bicho. Nadie le dice “bicho” a algo lindo. Son sucios y dan asco, la sociedad los excluye. Las cucarachas se refugian entre las paredes, las baldosas y alguna esquina inalcanzable para el pie. Pero a menudo salen a romper las pelotas. A veces, hasta se suben a uno y buscan algo que ni ellas saben qué es. Salen de sus nidos, nos desafían y cuando se dan cuenta de su inferioridad, piden piedad o huyen a gran velocidad. Tarde cucaracha, no llevo clemencia en mi mochila.

            Llegando a la puerta del bar, me di cuenta que necesitaba un baño. Ni saludé y encaré al de caballeros. La birra había hecho su efecto colateral

            ¿Qué necesidad de convertir el baño en Londres? Tres pibes llenaban el puto lugar de humo. Cuando no hay niebla, nieva. No te dejan ni mear tranquilo.

            Cuando me vieron, se hicieron relámpagos y desaparecieron en segundos.

            Quiero otra cerveza.

            No me divierte este bar. Es el único que está abierto y me queda cerca. Además, los culos son admirables. Aunque tiene algo mejor que todo eso junto: la pizza. Así que me pedí una Stella y una grande de muzzarella.  Dios existe.

            Mis ojos estaban enfocados en el aceite que chorreaba. Casi me excitaba con la fusión entre el queso y la salsa. Era sexo. Y yo lo hice oral. No recuerdo haber visto ningún culo, ni un solo par de tetas. Hasta que iba a agarrar la tercera porción y una mano se interpuso. Uñas largas pintadas de blanco y una pulsera de plata que decía “AMOR”. Una mano esbelta y flaca tomó la misma porción que yo. Esto era guerra.

            “No tenés idea lo qué estás haciendo”, la desafié.

            “Es cierto. Por eso lo hago”, me retrucó.

            El final estaba cantando. El campo de batalla, no. Ella era vino tinto. Era la dulzura física y tenía un aura rojo pasión. No me dejó muchas alternativas. Agarró mi comida y se fue al patio. La vi irse. “¿Qué estoy haciendo?”, me pregunté y la perseguí. La hubiese perseguido hasta el último piso de la Torre de Babel.

            Arriba de una mesa, estaba el resto de la pizza. Me faltaba ella. Noté que también faltaba una porción.

            Olí la grasitud de esa porción y el perfume que brotaba de la morocha de manos pajeras: el baño.

            Estaba contra la pared de colores y comía esa porción como si hubiera pasado cuatro días de hambre. El aceite bajaba por su labio y sus dedos se llenaban de tomate.

            El olor del baño era nauseabundo. Puse toda mi concentración en el perfume de su pelo. Logré enfocarme en nosotros. No es tan fácil como parece, fue todo un mérito. Ella se dio vuelta y apoyó las manos en la puerta de uno de los inodoros que estaba clausurado. Levanté su vestido verde y sentía todo su calor. Su color. Su dolor. Éramos una furia. Nos caíamos. Pero no nos íbamos a tirar en ese piso ni aunque hubiese habido más pizza. Le agarraba la cintura y la sacudía como si fuese un aerosol.

            Acabé. Acabó.

            Una de sus manos frías me recorrió desde la punta de la verga, hasta el cuello de mi camisa. Me agarró y me dijo:

            “Soñá conmigo”.

            Agarré mi cerveza, le regalé mi pizza y me fui del bar. Ya era de día. El sol me mataba los ojos. Quería aplastarlo como a una cucaracha que huye de su nido.

            No le hice caso a la morocha. Yo no sueño. Yo escribo.

viernes, 13 de enero de 2012

El príncipe

            Una tormenta me perseguía y necesitaba un techo si no me quería morir ahogado. Por suerte para mí, lo único abierto era el bar. Siempre caigo parado. Con una capucha negra entré y me senté sin problemas. Nadie sale un miércoles. Aunque no me hayan visto la cara, me conocen. A los escasos minutos, un hielo se sacrificaba en un vaso con whisky sobre mi mesa. Bendito seas Johnny.
           
            La moza se fue moviendo el mismo culo que tenía siete noches atrás. También me conoce ese culo. No mucho, pero cruzamos pocas y rápidas palabras. Mi desempeño provocó un ininterrumpido silencio entre nosotros. Y coincido con ella y con Luca: mejor no hablar de ciertas cosas.
           
            Afuera llovía como si los Mayas fuesen a tener razón. El ruido del agua no me dejaba escuchar al que cantaba. Bendita seas lluvia.

            En un rincón del bar, había un tipo que desentonaba con el ambiente. Estaba vestido de traje, afeitado y peinado. Claramente lo prejuzgué. Yo todavía tenía la capucha puesta y la mitad de mi cara estaba tapada, pero podía ver todo. El tipo del traje no me sacaba los ojos de encima. En cualquier momento, se me sentaba en la mesa.
           
            Ni bien termine de pensarlo, él y su vino rancio apoyaron sus agónicos cuerpos enfrente de mi cara oscura. Alguien le había contado de mí y me reconoció. Maldito seas “alguien”.

            “Vos sos el único que me puede ayudar”, me rogó. Tenía los nervios a flor de piel. Le dio un trago largo al tinto y desembuchó: “Yo sé que esto es raro y es probable que no me creas, pero soy un príncipe. Tuve todo lo que podía tener, no respiré otro aire que no sea el del éxito. Tuve el universo pidiéndome limosnas, hasta que cometí el peor error de todos. Maté a los reyes”. Interrumpió el relato y me hizo un ademán con su botella. Lo ignoré por completo y quemé mi garganta con lo poco que me quedaba en el vaso.
            
            “¿Algo más?”, le pregunté. Ambos sabíamos que el tipo no requería nada más. “No, con esto es suficiente. Te lo agradezco de corazón”, me respondió. Se levantó y se fue del bar. Se sumergió en la incertidumbre de la tormenta y la noche. Salió a domar su vida con la suerte que se ganó como trofeo por perderlo todo. Lo vi llevar una sonrisa y desaparecer en la ventana.

            Si no se apura, el azar se lo va a llevar con los reyes.

            Ya con el vaso vacío, me saqué la capucha y miré a la barra. Volvió la defraudada moza. “¿Me traes la botella de whisky?”, le pedí. Sonrío y brilló todo el lúgubre bar. Saqué un cigarro del bolsillo izquierdo de mi campera. La puta lluvia condenó a mi encendedor. La moza reapareció con más belleza que nunca. Tenía fuego  y me lo acercó. Mirándome a los ojos me dijo: “Disfrutalo, mi amor”.

            Fue una noche de redención.

viernes, 6 de enero de 2012

En su balcón

Ella me miró y se rió. Puso su mejor cara y mantuvo una sonrisa impecablemente boba. Me ama. Como para no. El villano de cualquier historia de amor yace al lado suyo, semidesnudo, devolviéndole esa mirada inmortal. Hoy por hoy, si hablamos de amor, hablamos de crímenes del alma. Y nunca vamos a decir que un asesino es bueno.
            “Te quiero toda la noche. Mañana no sé”, me susurró y me baño en aliento a champagne. Miente. “No me querés. Decí la verdad”, le retruqué con una soberbia innata. No respondió y me dio la espalda. Su tez blanca resaltaba en las sábanas oscuras. Le miré el culo, tengo una obsesión. Me acerqué a su nuca y nos ahogamos en la piel. Al fin y al cabo, no soy sólo una cara bonita.
            Sin advertencias, se ofuscó. Me dio esos empujones cargados con ira sexual. Quería más. Ni me inmuté. Me levanté de la cama y saqué el sillón al balcón. Había pasado una semana del accidente y la pierna seguía delicada. Me tengo que sentar o me empieza a doler. Increíble pero lo sufrí mucho más a los dos días que pasó.
            Miré el reloj del living y ya se había ido media hora del año. No cenamos mucho, pero nos comimos desde las once hasta que estallaron los fuegos artificiales. Todavía seguían explotando, una y otra vez. Visto desde su balcón, parecía que estuviesen sacando fotos con flash en toda Capital. El cielo era una fiesta de colores y ruido. Algo parecido a lo que había pasado en la habitación una hora antes. Todavía estaba transpirado.
“¿Ya se terminaron los festejos?”, me dijo invitándome a seguir brindando con Dios. Apareció con un Barón B y sus dos tetas. Llenó las copas hasta arriba. Lo poco que quedaba dentro de la botella lo tomó del pico y la revoleó al vacío. Me gusta su sorpresa y cuando se despreocupa. No tenemos idea qué pasó. Estamos seguros que no mató a nadie.
            Con sus pezones duros y su culo helado se sentó arriba mío. Ella es el salvajismo cauteloso. Sabe ser un felino prolijo que mata a sus presas sin dejar un rastro, pero lo hizo tan bien que te excita ver el cadáver. Es perfecta y no está comprometida más que consigo misma. No desprotege sus venas mostrándote lo mejor. Siempre lo peor para que te alejes. No pudo conmigo. Soy irresistible.
            Se terminó la copa en cuestión de segundos. Se encargó de dejar una última gota, que fue a parar a mi pecho. Sólo la vio caer hasta morir en mi ombligo.
            Me abrazó y ese fue el principio del fin.