viernes, 20 de enero de 2012

Necesidad (Parte I)

Apenas entré al hotel, supe que más de una noche no pasaba ahí adentro. Era un lugar raro, no era feo: piso de madera con un plastificado ya rayado, unos sillones verdes ubicados alrededor de una mesa ratona. En las paredes unos cuadros llenos de polvo con unos paisajes horribles. Era acogedor y raro.

            Hice sonar una campana y un viejo con un parche en el ojo derecho apareció de atrás de una puerta. “¿Qué buscás?”, me preguntó con un mal humor indecente. Era obvio que necesitaba una habitación, sino no estaría en un hotel a las tres de la mañana de un martes. “Algo silencioso y sin cucarachas”, le contesté. Agarró un bastón y me llevó hasta el final del pasillo.

            ¿Un parche? ¿Un bastón? ¿Qué mierda es esto? No importa. Seguí.

            “Silencioso es Claromecó en agosto. Estamos en Capital y el ruido gobierna, eh”, me dijo mientras abría la puerta de la habitación número 9. Era quedarme callado o emparcharle el otro ojo. Opté por la paz.

            Había olor a humedad, un papel tapiz amarronado, un espejo en una pared y una ventana que daba a Juan B. Justo. Prendí la lámpara que estaba sobre la mesita de luz y apagué la del techo. Me encantó la habitación. Era lo que buscaba. Salvo el ruido.

            Apoyé mi bolso sobre una silla de mimbre y la bocina de un colectivo hizo temblar las paredes. Me tuve que acostumbrar.

            Saqué el whisky. Bienvenidos.

            Los hoteles me inspiran. Por lo general, me causan una confusión tan grande que me dan cientos de cuentos. Algún día se conocerán. Cuando deje de ser un zorro que le roba noches a las mujeres y persecuciones a los hombres.

            Nunca nadie va a saber de ellos.

            Me tiré en la cama con la botella y un coro de perros dio una función de cinco minutos. Eran insoportables. Eran poesía. No soy poeta.

            No iba a poder descansar. Tuve que hacer en ese momento, lo que iba a dejar para el día siguiente. Agarré una lapicera y una hoja.

            Quise salvar al mundo.

            No pude escribir estaba bloqueado. El escenario era el que deseé, el aire también. Pero estaba obnubilado. Veía como el tiempo se moría en un reloj colgado enfrente de la cama. Para peor, los perros volvieron a ladrar.

            Se me había ocurrido una idea. Inventarle una historia a cómo había perdido el ojo el viejo del parche. No le encontré una trama y perdí el hilo. Al rato, me olvidé lo que estaba pensando.

            Le di tres sorbos en un solo trago al whisky. No podía pensar.

            No entendía. No sabía si era miedo, no sabía si estaba tan borracho que no podía concebir dos ideas.

            Ya por el primer cigarro del segundo paquete y con tres vueltas de la menor aguja al reloj, me di cuenta qué mierda me estaba pasando.

            Era su culpa. Y yo era el culpable.

            No me gustan los finales. Nunca supe cómo hacerlos, ni siendo escritor. Por eso, me di cuenta que necesitaba algo.

            Necesitaba la absolución.

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