viernes, 6 de enero de 2012

En su balcón

Ella me miró y se rió. Puso su mejor cara y mantuvo una sonrisa impecablemente boba. Me ama. Como para no. El villano de cualquier historia de amor yace al lado suyo, semidesnudo, devolviéndole esa mirada inmortal. Hoy por hoy, si hablamos de amor, hablamos de crímenes del alma. Y nunca vamos a decir que un asesino es bueno.
            “Te quiero toda la noche. Mañana no sé”, me susurró y me baño en aliento a champagne. Miente. “No me querés. Decí la verdad”, le retruqué con una soberbia innata. No respondió y me dio la espalda. Su tez blanca resaltaba en las sábanas oscuras. Le miré el culo, tengo una obsesión. Me acerqué a su nuca y nos ahogamos en la piel. Al fin y al cabo, no soy sólo una cara bonita.
            Sin advertencias, se ofuscó. Me dio esos empujones cargados con ira sexual. Quería más. Ni me inmuté. Me levanté de la cama y saqué el sillón al balcón. Había pasado una semana del accidente y la pierna seguía delicada. Me tengo que sentar o me empieza a doler. Increíble pero lo sufrí mucho más a los dos días que pasó.
            Miré el reloj del living y ya se había ido media hora del año. No cenamos mucho, pero nos comimos desde las once hasta que estallaron los fuegos artificiales. Todavía seguían explotando, una y otra vez. Visto desde su balcón, parecía que estuviesen sacando fotos con flash en toda Capital. El cielo era una fiesta de colores y ruido. Algo parecido a lo que había pasado en la habitación una hora antes. Todavía estaba transpirado.
“¿Ya se terminaron los festejos?”, me dijo invitándome a seguir brindando con Dios. Apareció con un Barón B y sus dos tetas. Llenó las copas hasta arriba. Lo poco que quedaba dentro de la botella lo tomó del pico y la revoleó al vacío. Me gusta su sorpresa y cuando se despreocupa. No tenemos idea qué pasó. Estamos seguros que no mató a nadie.
            Con sus pezones duros y su culo helado se sentó arriba mío. Ella es el salvajismo cauteloso. Sabe ser un felino prolijo que mata a sus presas sin dejar un rastro, pero lo hizo tan bien que te excita ver el cadáver. Es perfecta y no está comprometida más que consigo misma. No desprotege sus venas mostrándote lo mejor. Siempre lo peor para que te alejes. No pudo conmigo. Soy irresistible.
            Se terminó la copa en cuestión de segundos. Se encargó de dejar una última gota, que fue a parar a mi pecho. Sólo la vio caer hasta morir en mi ombligo.
            Me abrazó y ese fue el principio del fin.

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