Una tormenta me perseguía y necesitaba un techo si no me quería morir ahogado. Por suerte para mí, lo único abierto era el bar. Siempre caigo parado. Con una capucha negra entré y me senté sin problemas. Nadie sale un miércoles. Aunque no me hayan visto la cara, me conocen. A los escasos minutos, un hielo se sacrificaba en un vaso con whisky sobre mi mesa. Bendito seas Johnny.
La moza se fue moviendo el mismo culo que tenía siete noches atrás. También me conoce ese culo. No mucho, pero cruzamos pocas y rápidas palabras. Mi desempeño provocó un ininterrumpido silencio entre nosotros. Y coincido con ella y con Luca: mejor no hablar de ciertas cosas.
Afuera llovía como si los Mayas fuesen a tener razón. El ruido del agua no me dejaba escuchar al que cantaba. Bendita seas lluvia.
En un rincón del bar, había un tipo que desentonaba con el ambiente. Estaba vestido de traje, afeitado y peinado. Claramente lo prejuzgué. Yo todavía tenía la capucha puesta y la mitad de mi cara estaba tapada, pero podía ver todo. El tipo del traje no me sacaba los ojos de encima. En cualquier momento, se me sentaba en la mesa.
En un rincón del bar, había un tipo que desentonaba con el ambiente. Estaba vestido de traje, afeitado y peinado. Claramente lo prejuzgué. Yo todavía tenía la capucha puesta y la mitad de mi cara estaba tapada, pero podía ver todo. El tipo del traje no me sacaba los ojos de encima. En cualquier momento, se me sentaba en la mesa.
Ni bien termine de pensarlo, él y su vino rancio apoyaron sus agónicos cuerpos enfrente de mi cara oscura. Alguien le había contado de mí y me reconoció. Maldito seas “alguien”.
“Vos sos el único que me puede ayudar”, me rogó. Tenía los nervios a flor de piel. Le dio un trago largo al tinto y desembuchó: “Yo sé que esto es raro y es probable que no me creas, pero soy un príncipe. Tuve todo lo que podía tener, no respiré otro aire que no sea el del éxito. Tuve el universo pidiéndome limosnas, hasta que cometí el peor error de todos. Maté a los reyes”. Interrumpió el relato y me hizo un ademán con su botella. Lo ignoré por completo y quemé mi garganta con lo poco que me quedaba en el vaso.
“¿Algo más?”, le pregunté. Ambos sabíamos que el tipo no requería nada más. “No, con esto es suficiente. Te lo agradezco de corazón”, me respondió. Se levantó y se fue del bar. Se sumergió en la incertidumbre de la tormenta y la noche. Salió a domar su vida con la suerte que se ganó como trofeo por perderlo todo. Lo vi llevar una sonrisa y desaparecer en la ventana.
Si no se apura, el azar se lo va a llevar con los reyes.
Ya con el vaso vacío, me saqué la capucha y miré a la barra. Volvió la defraudada moza. “¿Me traes la botella de whisky?”, le pedí. Sonrío y brilló todo el lúgubre bar. Saqué un cigarro del bolsillo izquierdo de mi campera. La puta lluvia condenó a mi encendedor. La moza reapareció con más belleza que nunca. Tenía fuego y me lo acercó. Mirándome a los ojos me dijo: “Disfrutalo, mi amor”.
Fue una noche de redención.
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