domingo, 15 de enero de 2012

Pizza y baño

No era sábado pero la noche me engañó. Entre mi cerveza hogareña y una de un bar lleno de culos, era claro cuál elegiría. Agarré la campera y salí a paso lento. No son muchas cuadras, así que no me preocupé. El vientito de verano me gusta. Me hacen sentir en la orilla del mar, aunque el agua que tenga más cerca sea la de la canilla que gotea en la entrada del edificio.
           
            Tenía suficiente abrigo como para calmar el frío, pero no los vicios. Busqué el paquete de cigarros. Tenía sólo uno, también el encendedor. Mi cuerpo ya parecía la Bristol un 10 de enero a las dos de la tarde. Caminaba tranquilo.

            Una cucaracha se mostró valiente en el medio de mi viaje. En realidad, no sé si llamarlo valentía o estupidez. El bicho es un bicho. Nadie le dice “bicho” a algo lindo. Son sucios y dan asco, la sociedad los excluye. Las cucarachas se refugian entre las paredes, las baldosas y alguna esquina inalcanzable para el pie. Pero a menudo salen a romper las pelotas. A veces, hasta se suben a uno y buscan algo que ni ellas saben qué es. Salen de sus nidos, nos desafían y cuando se dan cuenta de su inferioridad, piden piedad o huyen a gran velocidad. Tarde cucaracha, no llevo clemencia en mi mochila.

            Llegando a la puerta del bar, me di cuenta que necesitaba un baño. Ni saludé y encaré al de caballeros. La birra había hecho su efecto colateral

            ¿Qué necesidad de convertir el baño en Londres? Tres pibes llenaban el puto lugar de humo. Cuando no hay niebla, nieva. No te dejan ni mear tranquilo.

            Cuando me vieron, se hicieron relámpagos y desaparecieron en segundos.

            Quiero otra cerveza.

            No me divierte este bar. Es el único que está abierto y me queda cerca. Además, los culos son admirables. Aunque tiene algo mejor que todo eso junto: la pizza. Así que me pedí una Stella y una grande de muzzarella.  Dios existe.

            Mis ojos estaban enfocados en el aceite que chorreaba. Casi me excitaba con la fusión entre el queso y la salsa. Era sexo. Y yo lo hice oral. No recuerdo haber visto ningún culo, ni un solo par de tetas. Hasta que iba a agarrar la tercera porción y una mano se interpuso. Uñas largas pintadas de blanco y una pulsera de plata que decía “AMOR”. Una mano esbelta y flaca tomó la misma porción que yo. Esto era guerra.

            “No tenés idea lo qué estás haciendo”, la desafié.

            “Es cierto. Por eso lo hago”, me retrucó.

            El final estaba cantando. El campo de batalla, no. Ella era vino tinto. Era la dulzura física y tenía un aura rojo pasión. No me dejó muchas alternativas. Agarró mi comida y se fue al patio. La vi irse. “¿Qué estoy haciendo?”, me pregunté y la perseguí. La hubiese perseguido hasta el último piso de la Torre de Babel.

            Arriba de una mesa, estaba el resto de la pizza. Me faltaba ella. Noté que también faltaba una porción.

            Olí la grasitud de esa porción y el perfume que brotaba de la morocha de manos pajeras: el baño.

            Estaba contra la pared de colores y comía esa porción como si hubiera pasado cuatro días de hambre. El aceite bajaba por su labio y sus dedos se llenaban de tomate.

            El olor del baño era nauseabundo. Puse toda mi concentración en el perfume de su pelo. Logré enfocarme en nosotros. No es tan fácil como parece, fue todo un mérito. Ella se dio vuelta y apoyó las manos en la puerta de uno de los inodoros que estaba clausurado. Levanté su vestido verde y sentía todo su calor. Su color. Su dolor. Éramos una furia. Nos caíamos. Pero no nos íbamos a tirar en ese piso ni aunque hubiese habido más pizza. Le agarraba la cintura y la sacudía como si fuese un aerosol.

            Acabé. Acabó.

            Una de sus manos frías me recorrió desde la punta de la verga, hasta el cuello de mi camisa. Me agarró y me dijo:

            “Soñá conmigo”.

            Agarré mi cerveza, le regalé mi pizza y me fui del bar. Ya era de día. El sol me mataba los ojos. Quería aplastarlo como a una cucaracha que huye de su nido.

            No le hice caso a la morocha. Yo no sueño. Yo escribo.

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