Estoy listo. Perfume de barrio, campera para el frío y
unos mangos para invitarla a tomar algo. Salgo a buscarla. Solo, contra la
ciudad y mi mala memoria.
La
amo, pero no me acuerdo dónde vive. Me acuerdo su olor a champagne, pero me
olvidé qué libro tenía en la mesita de luz.
¿Cómo se encuentra al amor de la
vida en la ciudad? ¿Tiene calles y una dirección? Recibí el año con ella,
entre sus piernas. Recuerdo ser feliz, no recuerdo verla. Todavía siento su
piel seca y sus pezones duros como el hielo. Las imágenes se me escapan como
las nubes al mar. No termino de entender.
¿La
felicidad existe en las manos o es cosa de los dormidos? Me acuerdo de ella
respirándome en la nuca, diciéndome que me amaba y prometiéndome fidelidad, esa
fidelidad que pierdo cuando cae la última gota de whisky en mi tan gastado
vaso.
¿Existió
el amor?
¿Y
qué si algún hijo del diablo, en compañía del vino, me jugó una mala pasada?
Esos
ojos me desnudaron y esa boca me probó. Tengo que encontrarla y descubrir la
realidad del enigma pornográfico que me persigue, me atormenta, me mata y no me
deja salvar al mundo, a ese mundo que me pide ayuda a gritos.
Mientras
esquivo gente, trato de unir dos ideas. Trato de concebir un pensamiento
coherente. Uso la memoria selectiva para escaparle a esa eyaculación festiva y
a esos cuerpos bañados en alcohol. ¡Una dirección! ¡Una fachada!
Nada.
No aparece. No aparece la lógica, sino miles de escenas de desnudez y lenguaje
adulto. Nada apto para menores de 18 años. Soy un personaje de una película
dramática con tintes de Uma Thurman cortándole la cabeza a un centenar de
chinos.
Cada
esquina que cruzaba sin tener una sola pista de dónde localizar tanta belleza
junta, sentía que perdía dos días de vida. Fui el mejor ladrón de guantes
blancos robando kioscos de Balvanera. Vi al amor saltar por la ventana y
romperse en mil pedazos por un sueño de Navidad. Me cuesta respirar sintiéndome
tan estúpido, tan mediocre, tan fantaseador, tan adicto.
Adicto.
Reflexionando,
mato este manicomio que me persigue. Tengo que reivindicar los bares de paso y
las anécdotas falsas de gente que no me interesa conocer.
No
tengo perdón.

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