viernes, 26 de junio de 2015

Una razón

            Alejado de las cuerdas, con la guardia por el piso, pero un Negroni bien arriba. La mesa de un bar enemigo, rodeado de dientes carnavalescos y pelos a media tintura.

            El rojo es fuego.

            Él la toma de la mano y ella le pide un trago más. Obediente como un lazarillo, se aproxima a la barra y compra alguna mariconada frutal. Pocas mentiras tan grandes como la de que no hay nada más lindo que la sonrisa de una mujer. Ella ni se molesta en fingir, sólo agradece y sigue con su celular y espera al que le ladra y la muerde.

            Soy hombre: nunca supe distinguir los colores. Aunque pude descubrir el de tus ojos, el color infinito e irrepetible que envidian los mares de cualquier isla perdida.

            Acá no hay de esos. Nunca supe de dónde los sacaste.

            No uso guantes. Me protejo las manos con el vaso. Lejos estoy de intentar tirar una trompada, así que poco me preocupan mis nudillos. Se me descascaran los dedos y sólo recibo los golpes que me tira el cofre mágico de la memoria. El sabor amargo hace juego con mis pasos y lo fuerte es para recordar lo invencible que fui antes de empujar mi moral desde un noveno piso. O dejarla ahí tirada.

            El ambiente es obtuso. Escasa luz. Mucho espacio. Poca gente, pero bastante borracha e irritante. Para donde mire, una carcajada de champagne y perfumes de happy hour. Prendo un cigarro con la ceniza del que estoy fumando. Sigo mirando el escenario agreste.

            Me falta algo. ¿Qué me olvidé en la casa de esta mina? ¡La tarjeta! ¡La puta madre! No, acá está. Busco entre mis bolsillos. Llaves, tarjetas, encendedor, SUBE, pastillas, cigarros. Tengo todo. No sé.

            Pido otro Negroni, porque no está haciendo efecto. Me lo traen. Sé que me falta algo. Pienso en mañana, no tengo que hacer nada. Termino el trago. Me quiero ir. Este lugar es una poronga y a mí me falta algo y no sé qué mierda es.

            Me sobran tres enojos y dos mujeres. Hay más de un capricho y abundan las lunas. Exagero en principios.

¿Me falta algo?

El viento, único amigo, me obliga a subirme el cierre de la campera. Me pongo la capucha y camino. El frío me cuenta un par de secretos que ya sabía, no los recordaba porque hacía mucho que no nos veíamos. Cuando el invierno es crudo, hay que cambiar el pelaje y camuflarse.

Sobrevivir sin tirar un golpe.

Ya no sé si estoy llegando tarde o si sólo pierdo el tiempo. Sé que es arriesgado caminar solo a esta altura de la noche, de este lado del mundo y con tanto calor detrás de esta montaña que soy yo. El limite bien definido de lo bueno y lo malo, sin poder distinguir cuál es el menos peor para este arlequín del que me disfrazo todos los días. No sé qué va a pasar mañana, pero daría la vida por saberlo. Daría litros de mi sangre verde para saber qué gusto tiene tu boca después de hundirte en una locura de ojos bicolores y amor por las sonrisas inconexas. Me gustaría descubrir si esta autopista sin inaugurar lleva al Times Square y si llegaré sano y salvo, con todas las extremidades en su lugar.

Sin darme cuenta, estoy en el ascensor, subiendo al departamento. Me miro en el espejo. Veo otra vez a este zorro de dos patas, con la sonrisa maquiavélica, sin la culpa de mentirle a Dios y creyéndose más vivo que el Diablo. Me veo cavando mi propio refugio, que será la tumba cuando todo se derrumbe y no tenga más aire. Y la sonrisa de colmillos perfectos no se borra, aún sabiendo que este imperio ficticio se va a caer con la misma facilidad que cree fluir.

Tengo ojeras de la semana pasada, combinando con un insomnio de recién separado. Después de dos días, la cama sigue caliente. La almohada tiene el olor a humo que le dejan mis sueños. Sueños sin miradas, sin ojos. No valen la pena.

Me falta algo.


Me falta tener razón.

sábado, 13 de junio de 2015

La sorpresa

            Me mira. No sonríe. Está transpirada, pero muy seria. Creo que hoy no cumplí las expectativas. No sería raro, para qué mentirnos.

            El zorro duerme al lado de mis zapatillas.

            Sonríe y se le iluminan las tetas.

            Contando esta vez, hubo siete anteriores. Ya bebimos, ya comimos y ya me acarició el pelo. Cinco veces terminamos en su cama. En las otras no aguantamos tanto.

            Toma aire para hablarme y en ese mismo instante me levanto de la cama. Me siento y me tira del brazo. Fue brusca y me dolió el hombro. Me guardo la cara de orto y giro para ver qué quiere. “¿Te vas a vestir?”, me pregunta, mientras me ponía el jean y el bóxer todo junto.

            El zorro abre los ojos y pide por cinco minutitos más. Pero ya es medio tarde.

            “Me voy a ir”, le respondo. Y noto la sorpresa en su cara. Sorpresa impensada, dado que la única vez que dormí en esa cama, fue la cuarta y estaba tan borracho que no recuerdo por qué estaba tan borracho.

            “Te quiero”, vomita.

            El zorro abre los ojos sobresaltado y apoya bien firmes sus cuatro patas.

            La gente es idiota. Exhiben su corazón como si fuese el trofeo de un campeonato interescolar de vóley y esperan que aplaudas y llores emocionado por tanta capacidad. Y no. No somos todos abuelos orgullosos.

            “La velocidad de las reacciones no se miden de forma establecida. Cada cual hace las cosas como puede”, contesto y me pongo la camisa.

            El zorro me mira con cara de no entender una mierda lo que acabo de decir.

            “Vos sos un idiota”, dice. Y un poco me calienta.

            Parado al lado de la cama, la miro fijo, acomodo mi pelo y arranco: “Claro que lo soy. La gente es idiota. Y el amor es una poronga. Pero no como esta o como alguna otra que hayas visto. Es más larga, más gruesa y no está circuncidada. Por ahí, si la ves de afuera, te parece hasta linda y simpática, te gustaría probar su sabor, te da curiosidad saber si podría darte placer. Pero cuando la tenés adentro te das cuenta de que no, que no está bueno. Cada vez es más molesto y lastima. Por momentos lo disfrutás. Al rato te empieza a doler mucho y cada vez está más metida. Y no da”.

            Sus pómulos casi que tapan sus marrones ojos entrecerrados. Su boca semiabierta desnuda cierta repulsión a lo que acabo de decir. También hay un nudo lleno de lágrimas en su garganta que no se ve, pero se lo escucha latir. Recuerda a sus tres amigas a las que les contó lo contenta que estaba por haber encontrado un tipo con el que se puede beber, comer y tiene lindo pelo para acariciar. Intenta reprimir haberle dicho a la madre que para el domingo del Día del Padre ponga una silla más en la mesa porque seguro iba con alguien.

            El zorro camina hacia la puerta de la habitación. Se da cuenta que no avanzo y me espera sentado.

Levanto las cejas y suspiro. Espero algo que no sé muy bien qué es. Ella deja de mirarme, apunta la cabeza a sus piernas perfectas y cierra los ojos. Suspira más fuerte que yo. Muerde sus labios y traga ese nudo e inunda su estómago de sal. Se para y se pone la bombacha y una remera. Agarro mi campera y salgo de la habitación.

            El zorro sacude la cola por el piso y vuelve a andar, yéndose del departamento.

            Pocas cosas son tan incómodas como el viaje en ascensor después de una mala noche. Ella tiene los ojos apagados. No habla ni mira. De a ratos gesticula con las cejas y pasa su lengua por la parte interna de su dentadura. Piensa todo el tiempo.

Quiere matarme el alma a patadas en el piso.

El zorro baja por la escalera.

Abre la puerta y el viento le pone el culo con piel de pollo. Cuando voy a decir alguna estupidez improvisada que no sé qué será, sube su cabeza. Tiene la cara más aliviada, como si hubiese entendido algo que sé con muchísima seguridad que no entendió. Me mira con compasión. “Suerte”, me encomienda para toda la eternidad.

El zorro se ríe desde la calle.

Me doy vuelta y no digo una palabra. La bestia rojiza de cola peluda me acompaña paso a paso por una vacía avenida. Los dos sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer. Lo correcto no siempre es lo que está bien. Nos fuimos porque era lo correcto.


Cuando uno está roto, lo mejor es irse sin romper a nadie más.

viernes, 5 de junio de 2015

El precio

            Extrañaba caminar de noche. Ese miedo que te da la oscuridad. Ir rápido sin tener un destino, darse cuenta y aminorar la marcha. Volver a la velocidad indeseada. Y así.
            Freno en el semáforo del pasado y el rojo no cambia más. El amarillo es la duda. El verde es con dos tragos encima y toda la sangre en las piernas. Estoy en la esquina del infierno, gracias a Dios, sin el Diablo. Estoy solo entre las tinieblas y el fuego. No quiero que crezca. No quiero estar allí. Sigo caminando. Sigo escuchando música que no sé qué dice y no miro para los costados.
            Quiero esto. Quiero los problemas. Quiero la emoción.
            Quiero la carne viva en el piso y el charco rojo alrededor.
            Quiero los golpes.
            Quiero las desilusiones ajenas. Quiero el frío propio.
            Hay un bar. Dos bares. Tres bares. Sigo caminando. No me interesa el resto.
            El mundo le da vueltas a mi isla. No me dibujan ninguna órbita. No quiero al sol, siempre nos peleamos. La luna prefiere estar sola, nunca nos sacamos las ganas
            Soy el gato en la estación de tren vacía.
            Soy el pañuelo que cuida tu cuello.
            Soy la fractura en tus pies.
            Y sigo caminando. Ya ni sé dónde estoy.
            Pienso en el futuro. Pienso en mañana. Cada vez estoy más lejos de hoy. Llevo la cruz del ayer, la alzo: oro macizo cargado de luz de estrellas, brillante por la baba que le derramos encima a esa sinfonía de violines y besos.
            Y estalla la Bestia. La injuria irreproducible del zorro asesino del porvenir. El egoísmo, el auto chocado contra la pared en una calle desierta. El último sorbo a la primera de las cuatro copas de incoherencia. Su pelo molestándote mientras te refriega las tetas por la cara. El puñal entrando en el esternón. Las ganas de verte única y no primera. El respiro vergonzoso después del miedo sin identidad. El olor de su piel limpia y transpirada. El whisky y el vino bailando en tu lucidez. Las tripas segregando tu próximo vómito. El tiempo en pausa, cogiéndote de parado.
            Y sigo caminando. Ya sé dónde estoy.
            Abro la puerta y la oscuridad redobla la apuesta. Caigo derrumbado en la cama. La espalda lastimada me arde, tengo las piernas acalambradas y la boca a punto de suicidarse de la sed.

            El precio por no matar es dejar morir un poquito del alma. Y lo vale.