Alejado de las cuerdas, con la guardia por el piso,
pero un Negroni bien arriba. La mesa de un bar enemigo, rodeado de dientes
carnavalescos y pelos a media tintura.
El
rojo es fuego.
Él la
toma de la mano y ella le pide un trago más. Obediente como un lazarillo, se
aproxima a la barra y compra alguna mariconada frutal. Pocas mentiras tan
grandes como la de que no hay nada más lindo que la sonrisa de una mujer. Ella
ni se molesta en fingir, sólo agradece y sigue con su celular y espera al que
le ladra y la muerde.
Soy
hombre: nunca supe distinguir los colores. Aunque pude descubrir el de tus
ojos, el color infinito e irrepetible que envidian los mares de cualquier isla
perdida.
Acá
no hay de esos. Nunca supe de dónde los sacaste.
No
uso guantes. Me protejo las manos con el vaso. Lejos estoy de intentar tirar
una trompada, así que poco me preocupan mis nudillos. Se me descascaran los
dedos y sólo recibo los golpes que me tira el cofre mágico de la memoria. El
sabor amargo hace juego con mis pasos y lo fuerte es para recordar lo
invencible que fui antes de empujar mi moral desde un noveno piso. O dejarla
ahí tirada.
El
ambiente es obtuso. Escasa luz. Mucho espacio. Poca gente, pero bastante
borracha e irritante. Para donde mire, una carcajada de champagne y perfumes de
happy hour. Prendo un cigarro con la ceniza del que estoy fumando. Sigo mirando
el escenario agreste.
Me
falta algo. ¿Qué me olvidé en la casa de esta mina? ¡La tarjeta! ¡La puta madre!
No, acá está. Busco entre mis bolsillos. Llaves, tarjetas, encendedor, SUBE,
pastillas, cigarros. Tengo todo. No sé.
Pido
otro Negroni, porque no está haciendo efecto. Me lo traen. Sé que me falta
algo. Pienso en mañana, no tengo que hacer nada. Termino el trago. Me quiero
ir. Este lugar es una poronga y a mí me falta algo y no sé qué mierda es.
Me
sobran tres enojos y dos mujeres. Hay más de un capricho y abundan las lunas.
Exagero en principios.
¿Me falta
algo?
El viento,
único amigo, me obliga a subirme el cierre de la campera. Me pongo la capucha y
camino. El frío me cuenta un par de secretos que ya sabía, no los recordaba
porque hacía mucho que no nos veíamos. Cuando el invierno es crudo, hay que
cambiar el pelaje y camuflarse.
Sobrevivir
sin tirar un golpe.
Ya no sé si
estoy llegando tarde o si sólo pierdo el tiempo. Sé que es arriesgado caminar
solo a esta altura de la noche, de este lado del mundo y con tanto calor detrás
de esta montaña que soy yo. El limite bien definido de lo bueno y lo malo, sin
poder distinguir cuál es el menos peor para este arlequín del que me disfrazo
todos los días. No sé qué va a pasar mañana, pero daría la vida por saberlo.
Daría litros de mi sangre verde para saber qué gusto tiene tu boca después de
hundirte en una locura de ojos bicolores y amor por las sonrisas inconexas. Me
gustaría descubrir si esta autopista sin inaugurar lleva al Times Square y si
llegaré sano y salvo, con todas las extremidades en su lugar.
Sin darme
cuenta, estoy en el ascensor, subiendo al departamento. Me miro en el espejo.
Veo otra vez a este zorro de dos patas, con la sonrisa maquiavélica, sin la
culpa de mentirle a Dios y creyéndose más vivo que el Diablo. Me veo cavando mi
propio refugio, que será la tumba cuando todo se derrumbe y no tenga más aire. Y la sonrisa de colmillos perfectos no se borra, aún sabiendo que este
imperio ficticio se va a caer con la misma facilidad que cree fluir.
Tengo ojeras de
la semana pasada, combinando con un insomnio de recién separado. Después de dos
días, la cama sigue caliente. La almohada tiene el olor a humo que le dejan mis
sueños. Sueños sin miradas, sin ojos. No valen la pena.
Me falta
algo.
Me falta
tener razón.

