“Otra”, dije casi sin voz. Ninguna de las personas que tenía que hacerse cargo me miró. Un chico que estaba parado en la entrada, giró la cabeza. “Sí, vos, el petiso de la puerta. Traeme otra ginebra”, le grité, sacando voz de donde no tenía. El pibe se acercó a la barra y me señaló. Prendí un cigarro, miré a la pista en busca de una sonrisa. La encontré. No era para reírse, pero me encontré una linda historia. Apenas la vi, me di cuenta de todo. No estaba ahí porque quería, pero ese era su ambiente. Sin amar los aires, se conocía todos los vientos. Ella misma creaba huracanes, pero tenía tormentas en los ojos. Unos ojos que no se levantaban del piso. Apuntaban a los seis zapatos que la rodeaban. Eso era genial, la rodeaban, no le hablaban. Claramente sabían con quién estaba tratando. La conocían. Ella no estaba a gusto, pero era quien llevaba la pelota. Se movía de un lado al otro, era un baile de lo menos apetecible. Si no leías entre líneas, si no olías ese humo, hubieses pensado que tenía algún problema motriz. No, señor, había olor a mierda.
Yo me había ido, me quedé viviendo una historia aparte. De golpe, volví. El petiso de la puerta me tocó el hombro y caí de vuelta a la vida. “Ahí le dije que traigan su ginebra, señor. Por casualidad, ¿tienen un cigarrito para convidarme?”, casi suplicó hablando con rapidez por los nervios. “No digas cigarrito, pibe. Parecés un pelotudo. Tomá”, le contesté y le pasé el paquete. No salió corriendo porque había mucha gente, pero empujó a una rubia en su afán de querer escaparse de la situación. La gente le tiene miedo a los extraños, pero los busca igual. Nunca lo voy a entender.
Volví a buscarla con los ojos. Busqué su culo, porque sus ojos no miraban. Cuando la encontré, me di cuenta que estaba a unos dos metros delante de mí. Tenía un vestido de unos colores que se perdían en la oscuridad y los juegos de luces del lugar. El vestido le llegaba a la mitad de los muslos. No pasaron ni cinco segundos y lo empezó a sacudir. Buscaba algo de diversión, buscaba que la miren. Ella notaba que nadie la buscaba. Estaba muerta en vida y los cuervos no le querían comer los ojos. Claro, sus ojos no miraban. Para mi sorpresa, levantó la mirada. Le regaló una sonrisa con excesiva falsedad al más joven de las que la rodeaba. El pendejo tenía unos 27 años, pero no sabía coger. Se notaba por como tomaba su copa de champagne. La mirada libidinosa del pibe me hizo reír. Literalmente, largué una carcajada inmensa. Le dio un trago más a su bebida, tomó coraje. Es obvio que se quedó en el mismo lugar y nunca se le acercó a la prostituta. Los otros dos, un viejo canoso y un tipo de bigote finito. Esos sabían. Eran los que cagaban y no limpiaban, eran los culpables. Y el bobo del champagne, se encaminaba a ser eso.
Ella agachó su cabeza y no la levantó nunca más.
“Tome”, me susurraron al oído. La moza no me mató de un susto de pedo. Le miré las tetas, agarré mi vaso y me fui a sentar. Tenía decidido que apenas termine mi ginebra, me iba. “La puta que lo parió. Tengo hambre”, pensé cuando ya no había más bebida. Siempre me olvido, la ginebra me da hambre. Quedó mi forma en el sillón blanco.
Podía ir por afuera, pero decidí atravesar la pista, es la selva de los perfumes. Sin perder tiempo, la busqué a ella. No la encontré. Crucé entre ese mar de gente y cuando llegué a la puerta, estaban los cuatro. El pendejo le abrazaba el orto, marcaba territorio. Bien virgen. Pasé rápido y los anticipé. Hacía frío afuera y yo estaba sin campera, así que decidí prender otro cigarro para entrar en calor. Cuando me pasaron por al lado, ella levantó la cabeza y sólo moviendo los labios me dijo “gracias”. No entendí. Tal vez, me vio cara de escritor de cuentos y sabía que iba a contar sobre ella. No sé cómo se dio cuenta, sus ojos no miraron nunca.

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