miércoles, 28 de diciembre de 2011

La leyenda de la bala perdida

“Comí como un cerdo. Me voy a fumar afuera”, exclamé. No tenía panza, tenía una pelota de básquet. “No, mi amor, es peligroso”, me advirtió mi abuela. Hice caso omiso a su intento por frenarme y salí. Le tiene miedo a las balas perdidas. Dice, que una vez, una perra que tenía se murió por culpa de un “infradotado armado”. Cada vez que lo cuenta, tengo que mirar para otro lado para no reírme.
Sólo para joderle la vida, esta vez me llevé al perro que tiene ahora. “¡Vení, Hugo!”, le grité al animal y mi abuela se puso como nieve. “No seas pelotudo”, me pidió mi prima. Fue más fuerte que yo y me fui con el beagle gordo para el jardín.
Raro, pero hacía frío. Papá Noel y el frío sólo se juntan en las películas que pasan Canal Trece y Telefé en estos días. Ahora resulta que en Argentina también te tenés que abrigar en Navidad. Globalización salvaje.
Me tiré en una hamaca, que era de mi vieja y mis tíos cuando eran chicos. Hugo se tiró al lado mío. Le cuesta respirar de lo obeso que es, es lindo igual. Por lo general, tiene un olor horrible. Gracias a algún milagro navideño, mi abuela lo había bañado. Me había olvidado el vino y lo necesitaba. “Quedate ahí, Hugo. Ya vuelvo”, le avisé al perro como si la razón se hubiese apoderado de él. Obvio que no se movió.
Vino tinto de damajuana. Cortesía de mi abuelo. Brindé, brindo y brindaré por eso.
“¿Y Hugo?”, suplicó mi abuela con voz típica de abuela dramática. “Vive, quedate tranqui”, le respondí y salí de vuelta.
El perro seguía ahí, parecía muerto. Me fijé si respiraba, sólo por las dudas. Todo en orden. Está vez, me senté en el pasto lleno de rocío y por fin, encendí el cigarro. Se me pasó el frío. Es una costumbre que tengo. No uso buzos, ni camperas, sólo tengo un paquete de cigarrillos como abrigo. Sentía como mis piernas estiradas se mojaban y no me importaba. Estaba borracho.
Hugo se levantó y se fue para adentro. Lo noté apurado. ¿Cuántas veces habré visto un perro apurado? No sé. Este hijo de puta casi corrió hasta adentro. Sacó forma física de donde no tenía
De repente, sentí que el agua del césped se puso caliente y el placer del vino con el cigarro se fue a la mierda. 
Sangre.
Mandé a cagar a toda la sociedad. La carne viva era poca, el dolor tampoco era mucho. La idea de tener una cicatriz por semejante pelotudez, me hería el orgullo. ¡Con todo lo que me había reído de esa perra de mierda!
A lo primero que atiné fue a tirarme vino en la herida, abajo de la rodilla. Supuse que el alcohol de ese tinto de damajuana me iba a ayudar. No sé si me ayudó o no, pero me ardió como si estuviese nadando en el Puyehue.
Me sentía el más pelotudo. Me sentía al mismo nivel que la perra de una vieja. Por suerte, no se había metido tan adentro. Con la única uña que tengo larga me la pude sacar. No me dolía tanto. Lo que más te hace sufrir cuando te dan un balazo es la quemadura que te genera, pero como esta bala venía de cielo, no fue la gran cosa.
            Caminé como pude hasta adentro. Se habían ido a dormir todos. El sándwich de vitel toné que me había hecho seguía donde lo había dejado. Me senté con la pierna extendida y me comí ese manjar. Mi sangre, vitel toné, me sentía un vampiro adolescente. 
             Pero que pelotudo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

La prostituta

“Otra”, dije casi sin voz. Ninguna de las personas que tenía que hacerse cargo me miró. Un chico que estaba parado en la entrada, giró la cabeza. “Sí, vos, el petiso de la puerta. Traeme otra ginebra”, le grité, sacando voz de donde no tenía. El pibe se acercó a la barra y me señaló. Prendí un cigarro, miré a la pista en busca de una sonrisa. La encontré. No era para reírse, pero me encontré una linda historia. Apenas la vi, me di cuenta de todo. No estaba ahí porque quería, pero ese era su ambiente. Sin amar los aires, se conocía todos los vientos. Ella misma creaba huracanes, pero tenía tormentas en los ojos. Unos ojos que no se levantaban del piso. Apuntaban a los seis zapatos que la rodeaban. Eso era genial, la rodeaban, no le hablaban. Claramente sabían con quién estaba tratando. La conocían. Ella no estaba a gusto, pero era quien llevaba la pelota. Se movía de un lado al otro, era un baile de lo menos apetecible. Si no leías entre líneas, si no olías ese humo, hubieses pensado que tenía algún problema motriz. No, señor, había olor a mierda.

            Yo me había ido, me quedé viviendo una historia aparte. De golpe, volví. El petiso de la puerta me tocó el hombro y caí de vuelta a la vida. “Ahí le dije que traigan su ginebra, señor. Por casualidad, ¿tienen un cigarrito para convidarme?”, casi suplicó hablando con rapidez por los nervios. “No digas cigarrito, pibe. Parecés un pelotudo. Tomá”, le contesté y le pasé el paquete. No salió corriendo porque había mucha gente, pero empujó a una rubia en su afán de querer escaparse de la situación. La gente le tiene miedo a los extraños, pero los busca igual. Nunca lo voy a entender.
           
Volví a buscarla con los ojos. Busqué su culo, porque sus ojos no miraban. Cuando la encontré, me di cuenta que estaba a unos dos metros delante de mí. Tenía un vestido de unos colores que se perdían en la oscuridad y los juegos de luces del lugar. El vestido le llegaba a la mitad de los muslos. No pasaron ni cinco segundos y lo empezó a sacudir. Buscaba algo de diversión, buscaba que la miren. Ella notaba que nadie la buscaba. Estaba muerta en vida y los cuervos no le querían comer los ojos. Claro, sus ojos no miraban. Para mi sorpresa, levantó la mirada. Le regaló una sonrisa con excesiva falsedad al más joven de las que la rodeaba. El pendejo tenía unos 27 años, pero no sabía coger. Se notaba por como tomaba su copa de champagne. La mirada libidinosa del pibe me hizo reír. Literalmente, largué una carcajada inmensa. Le dio un trago más a su bebida, tomó coraje. Es obvio que se quedó en el mismo lugar y nunca se le acercó a la prostituta. Los otros dos, un viejo canoso y un tipo de bigote finito. Esos sabían. Eran los que cagaban y no limpiaban, eran los culpables. Y el bobo del champagne, se encaminaba a ser eso.
           
Ella agachó su cabeza y no la levantó nunca más.
           
            “Tome”, me susurraron al oído. La moza no me mató de un susto de pedo. Le miré las tetas, agarré mi vaso y me fui a sentar. Tenía decidido que apenas termine mi ginebra, me iba. “La puta que lo parió. Tengo hambre”, pensé cuando ya no había más bebida. Siempre me olvido, la ginebra me da hambre. Quedó mi forma en el sillón blanco.
            Podía ir por afuera, pero decidí atravesar la pista, es la selva de los perfumes.  Sin perder tiempo, la busqué a ella. No la encontré. Crucé entre ese mar de gente y cuando llegué a la puerta, estaban los cuatro. El pendejo le abrazaba el orto, marcaba territorio. Bien virgen. Pasé rápido y los anticipé. Hacía frío afuera y yo estaba sin campera, así que decidí prender otro cigarro para entrar en calor. Cuando me pasaron por al lado, ella levantó la cabeza y sólo moviendo los labios me dijo “gracias”. No entendí. Tal vez, me vio cara de escritor de cuentos y sabía que iba a contar sobre ella. No sé cómo se dio cuenta, sus ojos no miraron nunca.