“Comí como un cerdo. Me voy a fumar afuera”, exclamé. No tenía panza, tenía una pelota de básquet. “No, mi amor, es peligroso”, me advirtió mi abuela. Hice caso omiso a su intento por frenarme y salí. Le tiene miedo a las balas perdidas. Dice, que una vez, una perra que tenía se murió por culpa de un “infradotado armado”. Cada vez que lo cuenta, tengo que mirar para otro lado para no reírme.
Sólo para joderle la vida, esta vez me llevé al perro que tiene ahora. “¡Vení, Hugo!”, le grité al animal y mi abuela se puso como nieve. “No seas pelotudo”, me pidió mi prima. Fue más fuerte que yo y me fui con el beagle gordo para el jardín.
Raro, pero hacía frío. Papá Noel y el frío sólo se juntan en las películas que pasan Canal Trece y Telefé en estos días. Ahora resulta que en Argentina también te tenés que abrigar en Navidad. Globalización salvaje.
Me tiré en una hamaca, que era de mi vieja y mis tíos cuando eran chicos. Hugo se tiró al lado mío. Le cuesta respirar de lo obeso que es, es lindo igual. Por lo general, tiene un olor horrible. Gracias a algún milagro navideño, mi abuela lo había bañado. Me había olvidado el vino y lo necesitaba. “Quedate ahí, Hugo. Ya vuelvo”, le avisé al perro como si la razón se hubiese apoderado de él. Obvio que no se movió.
Vino tinto de damajuana. Cortesía de mi abuelo. Brindé, brindo y brindaré por eso.
“¿Y Hugo?”, suplicó mi abuela con voz típica de abuela dramática. “Vive, quedate tranqui”, le respondí y salí de vuelta.
El perro seguía ahí, parecía muerto. Me fijé si respiraba, sólo por las dudas. Todo en orden. Está vez, me senté en el pasto lleno de rocío y por fin, encendí el cigarro. Se me pasó el frío. Es una costumbre que tengo. No uso buzos, ni camperas, sólo tengo un paquete de cigarrillos como abrigo. Sentía como mis piernas estiradas se mojaban y no me importaba. Estaba borracho.
Hugo se levantó y se fue para adentro. Lo noté apurado. ¿Cuántas veces habré visto un perro apurado? No sé. Este hijo de puta casi corrió hasta adentro. Sacó forma física de donde no tenía
De repente, sentí que el agua del césped se puso caliente y el placer del vino con el cigarro se fue a la mierda.
Sangre.
Sangre.
Mandé a cagar a toda la sociedad. La carne viva era poca, el dolor tampoco era mucho. La idea de tener una cicatriz por semejante pelotudez, me hería el orgullo. ¡Con todo lo que me había reído de esa perra de mierda!
A lo primero que atiné fue a tirarme vino en la herida, abajo de la rodilla. Supuse que el alcohol de ese tinto de damajuana me iba a ayudar. No sé si me ayudó o no, pero me ardió como si estuviese nadando en el Puyehue.
Me sentía el más pelotudo. Me sentía al mismo nivel que la perra de una vieja. Por suerte, no se había metido tan adentro. Con la única uña que tengo larga me la pude sacar. No me dolía tanto. Lo que más te hace sufrir cuando te dan un balazo es la quemadura que te genera, pero como esta bala venía de cielo, no fue la gran cosa.
Caminé como pude hasta adentro. Se habían ido a dormir todos. El sándwich de vitel toné que me había hecho seguía donde lo había dejado. Me senté con la pierna extendida y me comí ese manjar. Mi sangre, vitel toné, me sentía un vampiro adolescente.
Pero que pelotudo.
Pero que pelotudo.

