martes, 28 de agosto de 2012

Pierino


Algo con gusto a whisky me quema la garganta y me hace lagrimear. La botella dice que es whisky, pero parece alcohol etílico.

            Mierda. Está vencido. ¿Me moriré? No sé. Pero estoy casi seguro que mañana no voy a salir del baño.

            Es de noche, hace frío de verano y todo es hermoso como para tomar vino de la copa de alguna cazadora de camas. Todo un plan del que sólo un milagro me haría participar. Es temprano y no comí. Lo mejor sería que ese alcohol vencido tenga compañía en mi estómago.

            Necesito de un lugar en el que pase desapercibido. Necesito ser uno más de montón que está ahí comiendo y sufriendo el insomnio porteño. No es una noche para ser el bufón de algún escritor frustrado que llorisquea historias en un cafetín y cuenta lo grises que son las paredes y lo trillado del hombre del cigarro y la cerveza en la barra.
           
            Siempre hay alternativas para la rutina.
 
            Pierino. Compañero peronista. Las mejores pastas y el tiramisú de Dios.

            “Hay 15 minutos de demora. ¿Esperás?”, me pregunta un tipo pelado, con cara de haber nacido con un faldón puesto y una bandeja abajo del brazo.

            “Sí, claro. Espero afuera”.

            Hay un trapito en la puerta. Gorra y campera azul. Habla con cualquiera que quiera hacer que lo escucha. Por suerte, ya hay oídos disponibles, así que no me molesta.
           
            Aprovechando el tiempo, me pongo a pensar qué voy a pedir. Decido que ravioles, pero se me interrumpen las ideas cuando una camioneta blanca estaciona en la esquina del restaurant. Del lado del acompañante se baja un tipo de unos 50 años, camisa negra con tres botones desabrochados, una cadenita plateada apoyada sobre los pelos de su pecho y un espantoso peinado con gel. Se escucha la puerta del conductor. Tengo ansiedad por ver qué personaje aparecerá. Una mujer de la misma edad, con un escote tan grande como la mentira de sus tetas operadas, rulos, mucho maquillaje y un pantalón de no sé qué tela que brillaba y le marcaba un culo viejo. Ella apaga un cigarro y entran.

            Vuelven a salir por el mismo motivo que yo.

            Él la abraza y le toca ese culo viejo. Sube la mano recorriendo toda su espalda tapada por una musculosa blanca y termina agarrándole la nuca con pasión. Se dan un beso con tanta sexualidad que casi me excito. Mentira. Se me escapó un poco del apetito.

            Me avisan que mi mesa está lista y me ubican en la mitad del lugar. Las paredes llenas de adornos, fotos con famosos, fotos con políticos, distintos cuadros, una caja de vino El Justicialista y otras botellas con la cara de Néstor y Cristina. Nada que decir de la decoración. 

Estoy solo, rodeado de decenas de personas acompañadas. No es para nada reconfortante, pero necesitaba familias que me camuflen de la muerte de los antros. Pido unos ravioles de verdura con una salsa con camarones y un vino ni muy caro ni muy barato.

            Antes que mi plato, llega la pareja cincuentona que estaba afuera. Los ubican al lado mío. Sus cuerpos los separa la mesa, pero no puedo sacarme de la cabeza la viscosidad del beso y la mano en el culo. Rezo para que no hagan nada para terminar por completo con mi apetito. Primero piden un vino blanco, después la comida.

            La silla de madera empieza a darme dolor de espalda.

            Traen mis ravioles y mi vino. Se me dibuja una sonrisa de cordialidad y me dispongo a comer. En 10 minutos se me acabó la comida. Todavía hay un poco de vino. Como tengo vino, tengo tiempo. Lo importante del tiempo es saber usarlo y aprovechar cada segundo en el que se pueda respirar. Intento escuchar a la pareja. Termino de comer, así que no me van a sacar el hambre. Ya tienen todos sus pedidos en la mesa. Conversan mientras a ella le llegan mensajes de texto. Se ponen hablar de bailar tango. Ella se entusiasma con la idea, él sólo come sus fideos a la bolognesa y asiente con la cabeza. Ninguno de los dos parpadea. Él mueve la pierna constantemente y le relojea las tetas entre bocado y bocado. Ella sacude las manos con mucha efusividad y casi ni come. Sigue hablando de tango, dónde podrían bailar, si habrá más parejas de su edad.

            El mozo se cruza por delante mío y le pido una porción de torta de manzana con helado. El tiramisú es más rico, pero quiero eso. Banal.

            Por pedir, no le seguí el hilo a la conversación de la pareja y no sé qué más pasó. Nunca me interesó, pero fue un momento de aburrimiento.

            Tengo que hacer algo con el dolor de espalda.
           
            Termino la torta, termino el vino, pago y me voy.

            Salgo y le doy diez pesos al trapito, no vine en auto, pero quería dejarle algo por no haberme jodido mientras esperaba.

            El frío de verano era cada vez más frío. Esta noche no estoy para dar el mejor show de mi vida, prefiero ir a mi casa y prepararme para mañana. Va a ser un largo día en el baño.